Cuento: A falta de talento

Andrea Muga Ibarra

1° Lugar

Versión 2017

 

 

 

 

Habría que haber obviado al ciclista.

Haber ido a cenar esa noche a La Colombina o al Portofino, o a cualquier otro de esos restoranes respingados que ostentan una vista única del puerto y no habérseme ocurrido esperarte en ese rinconsucho pobre, que ni sillas tenía. Habría que haber comido cualquier cosa común y corriente, pero no el gallopinto, que parecía sacado de un callejón oscuro que rodeara alguna de las esquinas de Ciudad de Guatemala, esas que no alcanzaste a conocer tan bien como yo. Habría que haber desayunado pan y galletas en un café viñamarino, en vez de huir de la ciudad hasta donde nadie pudiera encontrarnos, salvo el recuerdo de ese desliz de tu adolescencia cuyo nombre nunca supe y que lucía —en esa época— un traje de baño de dos piezas, tan indignante para todas esas señoras que se cubren los pecados con perlas y puños en pecho, seguramente. Habría que haber desayunado en otra parte y no haber permitido jamás que —en mi ausencia— entablaras conversación con  el garzón que nos atendía, en el único lugar abierto en Quintero, un día jueves por la mañana, para quien la única explicación posible para que un hombre como tú comiera empanadas de queso con una mujer como yo, era que fueras actor. Menuda suerte para su estandarizado cerebro que convinieras conmigo, con sólo una mirada y en dos segundos, que eras escritor y adoptáramos esa pose de andar siempre distanciados por un paso en público y cargando algún afán literario en las ideas y uno que otro poema en la agenda o el Whatsapp. Habría que haber suprimido la albahaca de ese pisco sour junto con las miradas bovinas y envidiosas de la gente y no haber permitido jamás que la chica del labial flúor —a quien con tanta facilidad convencí de burlar los protocolos— coqueteara con el ciclista. Y eso que todavía no llegamos a la parte de Philip McClung, que efectivamente residía en Santiago luego de pasarse dos años viajando por el mundo. Quién diría que la música que recolectara en sus últimos periplos me acompañaría en mis discusiones contigo sobre si estaba bien el aborto o no y si Becker era un curita de Talca o el mesías prolife. Y mientras nuestros caminos se separaban y se volvían a juntar, el ciclista no sabía si pedalear o cambiarse de pista y yo le escribía al blondo de McClung para devolverle el IPod que —probablemente— algún lanza porteño le robó en uno de los tantos malabares que hacen los turistas por conocer las callejuelas pintadas de mis barrios, y otra de las tantas maniobras que idean los ladrones para alimentar a su catarbada de cabros chicos (“¿De dónde sacaste esa palabra?” Juro que no la inventé: del coloquial español: grupo numeroso de gente) lanzados al mundo a causa de la tanta desinformación que abunda en nuestro sistema público de salud y que tantas veces discutimos tú y yo, bajo el casco siempre presente del ciclista.

Habría que haber dejado de lado la invitación a la muestra de arte de Valparaíso en tu hospital y no haber salido a bailar cueca de los segundos, a vista y paciencia de todo el mundo. Menos sabiendo que más de algún paparazzi frustrado nos inmortalizaría con su teléfono, evidenciando nuestra brutal impericia, o que esa flacuchenta de la interna te robaría de mi lado y se apropiaría de la pista contigo, no por mucho tiempo. Y habría que haber comprado cualquier vino esa noche terrible de supermercado en que no chocarías de frente con tu novia de la facultad y sus carros no se besarían como contaba tu cuento, sino que llenarías conmigo el mismo carro de penas, pizzas y un espumante caro y rosado por el que discutiríamos todo el trayecto de vuelta, marcando para siempre una circunvolución más con un recuerdo amargo como él mismo y cuyos restos todavía ocupan un lugar en la puerta de mi refrigerador y no me atrevo a botar.

Mucho antes de eso, habría que haber pasado por alto los acontecimientos que nos llevaron a invitar a Ricardo a sentarse en nuestra mesa en la cena del hotel, porque olvidarte nunca ha sido como “querer jalarle el pelo a una botella” y hasta me da un poco de urticaria citarlo y reconocer que me sé sus letras; así como también a la Pilar, de quien podría decir con no-poca vergüenza que es posible que algo de sentido exista en alguna de sus publicaciones y, aunque sé que eso me restaría bonos, en este escenario tan incierto y difuso, esa es una de las cosas que me tiene más sin-cuidado. Esa misma noche, habría que haber dejado que la fina línea que marcaba el límite de la compostura, se iluminara como el puente del que más adelante te hablaré, pero no para cruzarlo, sino para evitar que nuestra experiencia ferroviaria sumara la más valiosa de sus hazañas al talego, porque hacer un “trencito” en una fiesta siempre es comprometedor. O haber prestado más atención a mi tejido el día en que diste el discurso sobre poesía e ignorado la forma en que mordías la pata de tus anteojos de lectura mientras improvisabas con tanta naturalidad un ensayo que meses más tarde —y entre sábanas naranjas— supe, había sido cuidadosamente preparado.

En algún punto entre ambos eventos, habría que haber continuado trabajando ese jueves de la premiación, habría que haber perdido el concurso, comídose las empanadas de cóctel y tomádose el espumante con la misma siutiquería que la gente tiene ahora para decirle “espumante” a lo que siempre fue el champán o la champaña, ya que estamos tan en contra del sexismo y la sexisma. Pero no pudimos quedarnos ahí y salimos corriendo luego de las fotos y las desafortunadas entrevistas que di, en las que dejé entrever mi instinto asesino. Todo eso por ausencia de ti hasta ese entonces y de tu experiencia en esos asuntos. Había que huir después de las cuñas y escapar hasta el restorán que escogeríamos para nuestra primera cita oficial en donde me contarías sobre Fernando y tantas otras cosas que ninguno sospechaba podría decirle a un otro, en una primera cita. Ese asunto-Fernando con que te hostigaría siempre y que finalmente nunca llegó a concluirse en mi presencia y de cuyo final puede que me entere cuando el ciclista haya dejado de pedalear y la chica de los labios flúor haya decidido no violar nunca más un protocolo.

Para ese entonces, puede que haya tomado más de algún desayuno con el vietnamita, o cenado en alguno de esos restoranes con vista al mar con un tipo sabe más de mecánica que de relaciones y pretenda convertirme en princesa, cuando en realidad una mujer debe ser compañera. Y quizás con cuántos más intente volver al inicio de una discurso largo y perdido, o tal vez cuánto bosque haya en el reducto en donde pretenda encontrar un atisbo de nuestras horas diciendo “Oye, Fidel” y me responda cuestionando la relación que puede tener el presidente de Cuba con nuestra conversación, cuyo origen probablemente a esas alturas esté enterrado bajo las cenizas de nuestra historia.

Habría que haber dejado de imitar a Fidel Castro después de cada brote de dispersión y habernos diagnosticado con algún tipo de trastorno del lenguaje hablado (y también escrito; es más, puede que sobre todo, escrito) antes de seguir convirtiendo en nuestras, tantas cosas que por ahora están en pausa.

Pienso que el ciclista a veces recorre el puente imaginario —que se parece tanto al Pont des Arts que albergara a la Maga y Oliveira— y lo imagino pedaleando a toda prisa a llevarte noticias mías, pero —como no vuelve— se me ocurre que se encuentra con alguno de nuestros personajes. Lo imagino entrampado en una discusión con el vietnamita sobre el abuso de Apple en sus tierras y la importancia de que los trabajadores reciban un pago digno por jornada y no un plato de arroz. Pero si conocieras al vietnamita, en realidad sabrías que no podría mantener una conversación de ese estilo ni con el ciclista ni con nadie y es allí cuando se me ocurre el Negro. Ese Negro que tan pocas veces me dio la razón en tus sesiones de terapia y sentenció nuestro amor desde el primer día. Ese Negro que finalmente —imagino— te apoya en que lo mejor es la distancia y quizá cuántos años más te va a tener convencido de que tienes problemas de hombre común cuando lo que menos eres es un hombre común. Como si a cualquier hombre le pasara esto de enamorarse de una mujer mucho más joven y completamente loca, que —para colmo— vive a 130 kilómetros de él (y sí, se pueden usar números en vez de palabras cuando la cifra alcanza los dos dígitos, y ahí hay otra situación que sólo nos importa a nosotros y es que finalmente la RAE abolió el uso de la tilde para diferenciar la “o” de un cero. Pero tú y yo sabemos que la RAE hace tiempo anda haciendo cagadas con nuestra lengua y no quiero repetirme como los abuelitos al citarte los casos, pero claro está que toballa es el mejor ejemplo de lo que te digo, seguido de sólo de solamente, porque el solitario siempre ha estado solo, aunque sé que a ti te gusta seguir las normas y a mí no y esa puede ser una de las cosas que han conducido nuestras vidas hasta este punto). Pero en fin, haciendo honor a nuestro muy querido amigo isleño, no eres un hombre —en absoluto— común.

Después de todo y de nada, me entristece pensar que se nos van a acabar las razones para contactarnos. Ya hice todos mis trabajos, de seguro no encontraré motivos para usar la excusa barata de llamarte y decirte que por favor me salves, que yo no sé tanto de pediatría como tú, aunque también sabes que no sé nada de medicina y que estoy aquí solo porque quiero ser “rodillóloga” y nadie más que tú (o quizás mi tutor favorito sí) podría entender ese chiste que te conté varias veces sin lograr nunca hacerlo bien, porque sabes que no soy buena para los chistes. Pero todo eso ya pasó. Sólo me resta que hace frío y me duele una muñeca, pero tú no sabes nada de traumatología; aunque —en el fondo— no me importa tanto, solo querría que me dijeras que iba a estar bien, que me pusiera frío o calor, o una cataplasma de hierbas y quedarnos mirando el celular por un rato largo, y es que a veces siento que mirar la pantalla cuando estás “en línea” es como estar mirándote a los ojos. Y ahí me quedo unos segundos solemnes hasta que desaparece la frase y bajo tu nombre ahora luce una hora que me habla de la última vez en que nos vimos por  teléfono, o no.

Y cómo podrías saber ahora si estoy triste, o me pasa eso que me pasó cuando se me cayó la cortina y la única cosa que pude hacer para salir de ahí fue imaginarte abrazándome. Cómo vas a saber que no hay nadie en mi mundo al que pueda contarle todas esas cosas que siempre te contaba y que cuando hablábamos acostados por las noches brillaba el puente imaginario entre tu ciudad y la mía por el que se llegaba más rápido a tu cama de lo que el Waze te traía a Valparaíso por “la línea punteada que viste de blanco la ruta hasta mi cuerpo en el asfalto”, como decía ese poema que te escribí para que te decidieras, de una vez por todas, a amarme.

Y cómo podría decirte que no existe alguien más a quien pueda decirle que es “mi persona” y que ahora que no estás, solo hay gente, y la gente no hace puentes ni junta a los personajes de sus historias imaginarias, y te aseguro que ni siquiera tiene historias imaginarias. Asimismo, también te podría apostar que no habrá nadie en el mundo que improvise un discurso tan mal como yo, sólo para hacerte reír y que, además, logre captar la respiración de un fantasma que quería colarse en la fiesta, sin saber que no era el lanzamiento del libro ese día, sino otro. Uno que probablemente se quedará en ese limbo del que una vez hablamos que no existe, junto con el purgatorio. Y el libro.

Puede que sí haya alguien más adecuado que yo para quererte. Yo, que no puedo dejar de retarte por todas las cosas que detesto que dejes de hacer porque demuestran que no me quieres como yo esperaba que me quisieras y que, a fin de cuentas, sí era todo un asunto de amor y desamor que ninguno de los dos pudo reconocer jamás. Pero cómo te explico que si no estás, me tomo los conchos de las tazas de té que se acumulan en mi mesa y que, si no me despiertas, no hago otra cosa que llegar tarde a todos lados y ya no hay nadie con quien pueda quejarme por las mañanas porque es tan difícil existir. Cómo me puedo decir a mí misma que no me querías si yo siempre he sabido que sí me quieres, pero te falta decisión o tal vez qué cosa que yo no supe despertar en ti, o lo que sea. Y cómo podría hacerte entender que soy valiosa y que nuestro amor sí valía la pena (o la alegría, a ratos); que nadie más en el mundo podría decir que era importante no matar a los animales para comérselos y que tú le creyeras y que sin mí, nunca te habrías enterado que el pan más rico del mundo siempre estuvo ahí, en el aparador de los panes, frente a ti. Y no es que yo sea el pan con semillas de zapallo y nueces, pero si no fuera por mí, nunca habrías sabido que se puede gastar plata en cosas que uno no va a usar siempre, o tal vez sí, pero que el placer que genera su presencia es más importante, como por ejemplo, un cuenco. Y cuántas camisas no tendrías ahora si no hubiera estado yo para validar social y moralmente la compra de ropa usada y contarte orgullosa de la luca que me costó mi blusa versus la fortuna que pagaste por tu camisa, para que luego compartieras conmigo sonriente tus compras vintage por menos de un Arturo Prat.

Mar para Bolivia y larga vida a los soldados sobre los que escribiste en ese despilfarro del talento que tienes y que me opaca tanto, pero no me importa porque siempre me he sentido orgullosa de ti y nunca te diste cuenta. Y me encantaría poderte escribirte algo tan bueno de lo que no pudieras despintarte nunca, pero debo recordarnos que yo sólo hago un poquito de cada cosa y que no soy ese rascacielos del que alguna vez me hablaste, sino más bien una pequeña casita de adobe, como las de Antigua, que sucumbe ante las tempestades, que luego de los embates del tiempo termina con todo lo que no debe, mojado, salvo la tina que siempre ha estado hecha para mojarse (eso no sé a qué viene, pero es parte de mi TDAH hacer esas intervenciones metafóricas que podrían interpretarse de cualquier forma). Me encantaría poder contarte todo esto que me pasa, pero ni siquiera puedo pararme a buscar una cuchara para el manjar con nueces que me regalaste el penúltimo día que pasamos juntos y que se terminará en los próximos minutos. Mientras, hago algo similar a un cuchareo con los palillos del sushi que pedimos ese día en que nos disfrutamos tanto, que están todavía en mi mesa, entre las tazas con los conchos y todas estas ideas que me hubiera gustado plasmar en un “algo” que recordaras siempre, pero en la carencia de ese talento que se me arranca, he decidido escribirte sobre algo que sé nunca olvidarás, algo que no tiene caso, no tiene remedio y no tiene vuelta, pero es lo único que hemos vivido juntos: nosotros.

Después de todo, el ciclista no era ciclista, sino un apliqué de lámpara cuyo plafón esmerilado a rayas emulaba el casco invertido de un ciclista. Y, aunque nos gustaba creer que por sobre el cielo raso de mi departamento, estaban él y su pistera venciendo a Newton y desafiando con soltura las leyes de la razón, no había un hombre pedaleando a toda máquina entre un sofá y su mesa ratona. En su lugar, probablemente había una cama, la de una pareja que no se enteraba de toda esta historia que urdimos para “darle sentido al sinsentido” o para decir de alguna forma que cualquier cosa era posible si nosotros estábamos juntos. Pero al final del día los que se acostaban juntos eran ellos, los que no creían en ciclistas imaginarios y para los que las leyes de la razón —o la voluntad—sí funcionaban.

Habría que haber obviado al ciclista, Fidel.