Cuento: Alicia

Marcela Sofía Villarreal Zan

MENCIÓN HONROSA

Versión 2017

 

 

 

En la torta había sólo dos velas, un 9 y un 3. Todos me miran, pienso en los deseos. Que vuelva, que vuelva, que vuelva.

Mi hijo mayor fue siempre especial, de pelo luminoso y sonrisa eterna, mirada inteligente que encantaba y a la vez descubría los miedos y secretos de quienes lo rodeaban. Lograba lo que quería, le dábamos lo que quería. Temíamos ver a nuestro Edgardo con menos que sus pares, le dimos todo.

Soplo y apago las velas en un primer intento, alrededor mío todos aplauden ¡Cómo sopla! Exclama mi hijo antes de silbar a gran volumen como tradicionalmente lo hace después de cada cumpleaños feliz. Mis nietas vuelven a conversar en el rincón, Ana sirve la torta y mis hermanas, como siempre, siguen su conversación a gritos, es que son todas sordas.

Su personalidad lo diferenció del grupo desde el colegio, donde el profesor me llamó varias veces porque golpeaba a otros niños y les mentía para robar sus colaciones o juguetes y, a la vez, para felicitarme porque era el primero del curso. Nunca fue de muchos amigos.

93 años, cuántas historias, cuántas personas, alegrías, rabias, lágrimas de orgullo y pena pasaron por ellos, ¿seguiré viva cuando vuelva? Pienso en esto mientras no logro unirme a ninguna conversación ya que no escucho. Tengo un audífono que detesto guardado en un cajón, digo que me incomoda. Prefiero no escuchar nada antes de parecer una vieja hipoacúsica. Uno de mis nietos interrumpe mis pensamientos para despedirse, debe ir a tocar en una banda. Luego de asegurarme de que haya comido un pedazo de torta, me despido diciéndole que vuelva pronto, que lo estaré esperando aquí. Mis ojos se llenan de lágrimas cada vez que me despido de mi familia.

Cuando nacieron sus cuatro hermanos los problemas siguieron, peleas, llantos y golpes en la casa eran la tónica del día a día, estaba agotada, pero ahí estaba mi familia, cinco bellos niños hijos de un matrimonio bien consolidado a ojos del mundo, y eso me gustaba mostrar.

Una hora después se han ido todos, excepto Alicia, mi hija. Llevamos el mismo nombre, una de mis nietas también. No conozco más Alicias. Ella me ayuda a desvestirme y acostarme, pese a que podría hacerlo sola, pero es que últimamente me siento muy cansada. Me quedo dormida al lado del hombre con quien he iniciado y terminado todos los días por más de 60 años, Manuel.

Un día, cuando mi Edgardo era un niño, lo vi tratando de lavar una polera manchada de sangre en el patio trasero. Angustiada pensé que algo le habría pasado, pero me miró con sus ojos profundos que extrañamente, parecían más felices que nunca, y me aseguró que todo estaba bien, que había ayudado a un animal herido. A la mañana siguiente mientras ordenaba el jardín encontré dos gatos degollados a medio enterrar.

El día después de mi cumpleaños me levanto de la cama para ir al baño, en el camino comienzo a sentir mi corazón palpitando rápidamente, mi vista se cubre poco a poco de negro y mis piernas se doblan sin responder. Intento afirmarme, pero caigo. Luego de esto lo próximo que recuerdo es a Manuel muy angustiado intentando levantar mis piernas y a la vez llamar por teléfono a alguna de mis hijas.

—Estoy bien, le digo, ¿qué pasó?

—Se desmayó, ¿se siente bien? Mejor que se quede ahí acostada.

Qué confuso. Al rato llega Ana, junto a Manuel me dejan en la cama, la verdad no me siento nada de bien. Hay que ver a un médico, dicen.

El misterio de los animales muertos en la casa se mantuvo por años, sólo Edgardo y yo sabíamos quién tenía la autoría de tales hechos. Me hacía cómplice, yo sentía tranquilidad viéndolo en paz y al pensar que era inocua su forma de manejar la rabia, manteniendo nuestra estructura de familia normal.

Acudimos al servicio de urgencias, mis hijos hablan con el médico, no escucho nada, parecen preocupados. Me comentan que tengo anemia, que deben transfundirme algunas unidades de sangre inmediatamente, que la causa de que pierdo sangre es un cáncer en el intestino, y que no se explican cómo hasta ayer andaba caminando sin problemas.

Edgardo entró en la universidad y desde el inicio se destacó por ser uno de los mejores alumnos, estudiaba a diario, y cuanto más leía, más frecuentemente tenía yo que encargarme de limpiar el jardín. Aves, ratones, gatos, una vez un perro pequeño. Hablaba seguido sobre una compañera de curso, hija de un político de renombre. Enfatizaba su belleza y lo vivo de su mirada, nunca lo había escuchado hablar así sobre alguien. Tal vez ella curaría sus problemas.

Qué renovada me siento después de la transfusión, ¡cuánta energía! Frente al espejo me llama la atención ese color rojizo en mis mejillas, ausente hace tanto tiempo.

Corría un día oscuro de invierno de Santiago, amenazaba lluvia. Edgardo llegó antes de lo esperado a casa, botó un mueble al entrar que me hizo bajar las escaleras pensando que se podría haber dañado. Sus ojos chispeaban euforia, no dejaba de caminar y murmuraba constantemente frases que no entendía. No notó que estaba detrás de él, su ropa estaba sucia y sus manos llenas de sangre, tal cual lo había encontrado aquella tarde en el jardín. Sentí pánico, esta vez no había sido un animal.

¿Cáncer? ¿Están seguros? ¿Cáncer? Yo no puedo morir aún, tengo que esperarlo… ¿Por qué ayer sentía que llevaba una vida tan larga y hoy, que ha sido tan corta?

Cuando volví en mí lo ayudé a desvestirse, preparé la ducha y lavé rápidamente su ropa. No podía pensar. Qué ha hecho, quién vendrá a buscarlo, lo habrán visto. Me sorprende por la espalda con un bolso, su mirada de llamas me hace entender que no volverá por un tiempo, que necesita esconderse.

Me siento defraudada con Dios, por qué me hace pasar por esto, ¿Qué acaso no ha sido ya demasiado sufrimiento?

A los dos días en televisión informaron el hallazgo del cuerpo de una estudiante universitaria brutamente asesinada, degollada, a medio enterrar. Hija de un renombrado político. Sentí como se helaba mi sangre, boté la taza de té que tenía en las manos y caí en la cama. Mi marido preocupado me preguntó qué pasaba. Yo no escuchaba nada, sólo pensaba en la ropa de Edgardo cubierta de sangre y en sus ojos de fuego. Qué he hecho, cuál fue mi error, mi amado hijo… Qué habrá hecho ella para recibir tal castigo.

La enfermedad comenzó a manifestarse. Los días se hicieron cada vez más cortos. Me levantaba de la cama para tomar unos sorbos de té e ingerir algo de comida. Al poco tiempo dejé de sentir hambre y comía solo por mantener a mis hijos tranquilos. Levantarme se volvió una odisea, finalmente decidí reservar mis energías para hablar, decir lo preciso. No dejaba de pensar ¿Dónde estás Edgardo? ¿Qué ha sido de ti? Vuelve que ya te he perdonado.

Mi marido se dedicó a buscar a Edgardo, ponía letreros, hablaba con la policía y salía a recorrer solo. Dónde estaba su hijo brillante, la promesa de la generación. Yo lo acompañaba sin decir nada, guardé eternamente su secreto macabro. Misteriosamente mis demás hijos no hicieron nada, siguieron con sus vidas tranquilos, de vez en cuando dando la vuelta por si alguien les seguía. Han pasado 53 años desde ese día, pero se siente como si fuera ayer, mis manos nunca volvieron a estar cálidas.

Mis hijos se pasan todo el día en casa haciendo turnos. Toman mis manos, vemos televisión, comentamos las novedades de los nietos. Se ven tan preocupados, cuánto quisiera morir para dejar de ser un peso para ellos, pero a la vez no puedo irme aún, no hay noticias de Edgardo.

Con el paso del tiempo tengo energía sólo para esperar. Tomo unos sorbos de agua al día, una pizca de durazno molido que me mantiene viva. Dejo de hablar para sólo escuchar las rondas de rezos de mis hijos.

Llegó el día en que ya ni siquiera puedo decidir. Mi boca rechaza el alimento y el agua, no puedo abrir los ojos por mucha fuerza que haga, y ya no tengo el control de mis movimientos. Me estoy apagando, pienso, tal vez sea tiempo de renunciar. Mi hijo, el brillante, el bello, el asesino. Debe tener ahora unos 70 años ¿Habrá logrado amar? ¿Tendrá hijos? Tal vez algún familiar de sus víctimas cobró venganza.

Poco a poco me hundo en la cama y sólo siento el cariño en mis manos, las caricias de mis hijos, es el momento de partir. Escucho una pelea afuera, esa voz… ¡Que no se vaya! Por favor déjenlo pasar, no puedo irme sin antes verlo, saber que está aquí, ¡Él debe saber que yo lo perdono!

Entra en la pieza y se sienta frente a mí, lo veo borroso, pero ahí está, su pelo luminoso ahora es cano, sus ojos rodeados de arrugas mantienen esa profundidad de siempre. Toma mis manos con fuerza. Cuánto te esperé hijo mío, qué ganas de que veas lo feliz que estoy. Siento una lágrima caer de mi ojo izquierdo y no puedo moverme. Dejo de sentir mis piernas, brazos, abdomen. Finalmente, paz.

Los miro desde otro lado de la pieza, ahí estás Edgardo, con un brillo en tus ojos muestra del éxtasis que buscaste durante toda tu vida, y que sólo lograste sentir al ver de frente a la muerte. Escucho de lejos la conversación. Con la serenidad de quien ha estado ausente durante 50 años, refiere que ha venido a pedir su parte de la herencia y no esperaba encontrarme viva aún. Con una mezcla de dolor y alivio me alejo de a poco, hasta ya no escuchar nada.