Cuento: Balacera patas negras

Martín Francisco Lasso Barreto

2º Lugar

Versión 2017

 

Loca, loca, loca

Te volviste loca y disparaste frente a mí

I

Al decir de las chiquillas de la toma era un muchachón agraciado, bajo ese gorrillo tricolor bordado con la palabra Chile sobre su visera tirada al costado y atrás de esas gafas oscuras emergían unos cautivadores ojos caoba que junto a su sonrisa oblicua terminaban de cautivar a la más porfiada; flaco, fibroso y eléctrico, gran valor de la punta izquierda en las pichangas de barrio y protagonista fijo del tercer tiempo junto a arietes y defensores bajo los aromos que circundaban el polvoriento descampado que servía como cancha de fútbol; Clodomiro Atento era un chaitenino que fue arrastrado a la capital por la furia del volcán que transformó en cenizas su pequeño hogar en el otoño del 2008. De buena conversación y muy fácil talla lograba rápida amistad con los vecinos y vecinas del campamento al margen de cuyos límites vivía solitario hace varios años. No trabajaba y nadie sabía de qué vivía: mendigaba o pedía, hacia pololitos aquí y allá, traficaba, lanceaba o bolseaba, vaya a saber uno como sustentaba su existencia, pero allí persistía él como parte de ese pobre paisaje de comuna marginal.

Era verano, el calor y el mal olor se tornaban más intensos, la proximidad del vertedero municipal volvía irrespirable el ambiente. Obligada por las altas temperaturas la vecina Macarena Pacheco, “La Maca”, requería vestirse liviana de ropas; pasada los 30 años, con algo más de peso que el requerido, sus voluptuosos excesos rebasaban ansiosos pero con gracia el borde inferior de su blusa y torneaban apretados los glúteos y muslos evidentes atrás de su lycra negra y recortada; se intuía un interior cálido como el averno y que, si uno miraba con detalle sus ojos almendrados y aquellos labios carnosos justo al límite de la vulgaridad, la tornaban en una hembra irresistible para cualquiera y por supuesto traía enfermo a su solitario vecino del sur.

“La Maca” convivía con “El Brayan” trabajador de La Vega que partía muy por la madrugada para gastar sus días en el populoso mercado, por ello las mañanas y las tardes eran vividas por la mujer en la monotonía de los quehaceres del hogar. El dicho “Brayan” era alto, musculoso y de agilidad felina, cancerbero titular en las pichangas de barrio de cuyos terceros tiempos y en estado de intemperancia retornaba a su mediagua frecuentemente acompañado de Atento, siendo ese uno de los instantes en que el hombre del sur aprovechaba para intercambiar furtivas miradas con la voluptuosa compañera del meta.

II

No recuerdo la hora exacta de esa madrugada, pero el ajetreo del equipo de enfermería y de los técnicos paramédicos anunciaban la próxima llegada del paciente que del pabellón de cirugía estábamos esperando desde la media tarde, era un individuo no identificado aún, un NN con múltiples heridas por arma de fuego. Luego de una batalla quirúrgica de más de seis horas venía mal, había sufrido un paro cardio-respiratorio dentro de pabellón al inicio de su cirugía. La intervención quirúrgica consistió en un “control de daños”, que es algo así como las reparaciones de urgencia que requiere un barco de guerra herido para permitirle mantenerse a flote, huir del combate y alcanzar a llegar a buen puerto donde se concretarían el resto de las reparaciones, esto significa que en un paciente muy grave no se puede pretender reparar todo lo dañado inmediatamente en una sola cirugía ya que se corre el riesgo de perderlo definitivamente y de que el barco naufrague. A su ingreso a la terapia intensiva no pudimos percibir su presión arterial, venía con unas dosis macabras de drogas vasoactivas, un aporte de oxígeno del 100%, la bolsa recolectora de orina estaba vacía,tenía múltiples tubos con emanación de diversos fluidos hemáticos; colmado de livideces yacía sobre el frío metal de la camilla en una colchoneta empapada de sangre, como un lirio cárdeno arrancado con violencia de algún plácido jardín, él era casi un cadáver o en términos del argot médico “una perla cultivada” seleccionada con pinzas para combatir el aburrimiento del residente de turno de la terapia intensiva en esas interminables horas que precedieron al alba.

El relato de los cirujanos sobre los acontecimientos previos a esta catástrofe hacían referencia con ironía a la historia de un muy humilde aldeano que en un confuso incidente sucedido luego de comprar el pan o quizá luego de salir de misa, cayó víctima de múltiples balas perdidas y que, posteriormente, había sido rescatado de la vía pública… siempre la misma historia falsa con la que uno sólo se sonríe. La información realmente certera sobre lo sucedido la entregaron como siempre los auxiliares y técnicos paramédicos de la unidad que de algún modo todo lo saben: se trataba de un individuo con los estigmas del “pato malo”: múltiples tatuajes, varias cicatrices en abdomen y antebrazos, la uña del pulgar larga y múltiples aretillos repartidos por acá y por allá, lo habían tratado de matar a escopetazos y fue encontrado en el vertedero de basura donde llevaba varias horas desnudo y muy machucado. No había modo de saber de quién se trataba.

Sufrió diversas heridas torácicas, abdominales y pélvicas. Venía con sendos tubos pleurales, colostomía y drenajes abdominales pero sin lugar a dudas lo que llamó más mi atención y más trabajo les dio a los cirujanos fue una tremenda herida en la región del periné y del ano igual a las que dejaría el estallido de una granada, la lesión era de tal gravedad que destruyó toda la porción final del colón, gran parte de la vejiga y pasó a llevar un testículo, por este boquete propio de una guerra es por donde más sangraba. ¿Cómo pudo ocurrir una herida tan peculiar? Las teorías del origen de la misma fueron diversas, pero la que más encajaba era la de la doctora Carolina, la anestesista de los bellos ojos y heroína de mil batallas en los pabellones quirúrgicos quien decía que esa herida sin lugar a dudas era el producto de una balacera tipo “patas negras”, aquella que se produce cuando el cornudo pilla al galán in fraganti en pleno ejercicio de sus faenas amorosas y las emprende a balazos o escopetazos sobre el ardiente personaje mientras este intenta desconectarse de su cópula estando obviamente a “poto pelado”, los proyectiles justamente penetraron por aquella noble región del cuerpo y dejaron la desolación misma.

III

El diario popular y las noticias de los canales sensacionalistas de la televisión lo habían repetido innumerables veces, el análisis profundo de las diversas causas que podían haber gatillado esa trágica historia se encontraban en boca de las mentes brillantes de los matinales, qué pasó, cómo fue posible que Macarena Pacheco, “La Maca”, terminara con la vida de su pareja “El Brayan”, … que fue en defensa personal, … que se cansó de los interminables abusos y golpizas que recibía, … que era él o ella, … que era injusto que él estuviera en la cárcel, … que el escopetazo con la recortada y las doce puñaladas en la espalda del hombrón fueron en defensa propia, producto de una rabia enfermiza y del fragor de un combate que nunca acababa; en fin, recluida en el panóptico de mujeres la única que conocía cabalmente el detalle de los hechos era “La Maca”.

El tiempo pasó y en el hospital nuestro párroco, un viejo religioso italiano criado en los tiempos de Benito Mussolini, oró muchísimo por él, los intensivistas y cirujanos batallaron por su vida, fue sometido a múltiples aseos quirúrgicos, antibióticos, diálisis y al desfile de diversas especies médicas cada una con su aporte. Luego de una larguísima estadía que se prolongó por más de un año, NN, el de la balacera “patas negras”, pasó a llamarse Clodomiro.

Atento, nuestro chaitenino del inicio de esta crónica.

Es cierto lo que sucedió aquella aciaga tarde-noche de enero, es cierto que “El Brayan” ya maltrataba y agredía con gran violencia a “La Maca”, es cierto también que ella y Atento andaban hace rato envenenados de una calentura incontrolable y también es cierto que fueron pillados con las manos en la masa, en pleno desfogue de sus ardores.

Con una escopeta recortada el pobre de Atento recibió un sinnúmero de fogonazos mientras trataba de huir en medio del humo y las repetidas recargas del arma que posteriormente fue dejada en el suelo de la habitación porque se pensó que no había más cartuchos y porque Clodomiro Atento aparentemente había caído ya convertido en un cadáver. Creyéndolo muerto “El Brayan” lo tomó de las patas que auténticamente estaban negras y lo arrastró desnudo a las profundidades del vertedero. Luego volvió a su mediagua de donde por alguna razón inexplicable “La Maca” no había huido y lo esperaba con un pavor contenido, agazapada, semi desnuda en la esquina oscura de la habitación; premunida de la recortada hechiza recargada con un par de cartuchos olvidados bajo el catre, la temblorosa mujer descargó el arma directamente sobre el abdomen del triste golero transformado en ese momento en un energúmeno enajenado y que pese a estar herido de muerte emprendió contra la fémina de la que recibió varias estocadas con el cuchillo carnicero de la casa dando fin a su paso por este valle de lágrimas.

La última vez que vi a Atento fue en la consulta externa del hospital, decidí suspender los antibióticos que recibía por una pequeña colección de pus que ya estaba resuelta, le sobrevivió un testículo y su tránsito intestinal fue reconstituido. Estaba de vuelta, prometió portarse bien.

La justicia consideró que la acción de “La Maca” fue en defensa personal, pero esta decisión consumió demasiado tiempo, era un crimen sin testigos, de todos modos esta demora permitió la coincidencia para que su liberación ocurriera el mismo día de la última consulta de Clodomiro en el nosocomio.

El reencuentro se dio en la puerta de salida del reclusorio de mujeres en San Joaquín, el otoño fenecía, sonrieron, se abrazaron, hubo un beso intenso y después de aquello se alejaron tomados de la mano por la calle Arturo Prat sin apuros, en medio de la lluvia que ya empezaba a crecer.