Cuento: El llanto de las montañas

Katherine Rossel Corvalán

MENCIÓN HONROSA

Versión 2017

 

 

Distante a 126 kilómetros al sur de Cochrane se ubica un pequeño pueblo de pescadores, cerca de la ribera marítima de las aguas patagónicas, oculto tras un enjambre de pasarelas de cipreses. En ésta bahía el delta del río Baker busca lazos de amistad con el gélido mar de los campos de hielo norte y donde antaño surcaron sus aguas los Kawéskar, pescadores nómades ya extintos.

Cuando llegamos a Caleta Tortel el cielo lloraba, uno de los tantos sollozos que recibiríamos en esos tres días de estadía. Así mismo lloraríamos nosotros al enterarnos que debíamos bajar 187 peldaños hasta la pasarela principal y al momento de nuestro retorno subir todo el equipaje que transportábamos. Afortunadamente habíamos reservado las cabañas en las pasarelas del segundo nivel, sin embargo éstas se encontraban a 205 escalones de distancia del camino base, es decir que pese a estar supuestamente más cerca del punto de partida en realidad estábamos más lejos. Bueno, ese es uno de los misterios ocultos tras las pasarelas de Tortel. Nada que hacer, sólo subir y bajar para comprar el pan, para ir al mini mercado, para llegar a la capitanía de puerto e incluso para visitar la tienda de artesanías.

El lugar era fantástico. Mientras caminaba por las pasarelas disfrutando de la llovizna y del viento que desordenaba mi pelo pensaba en lo diferente que eran mis días en la bulliciosa ciudad que me secuestraba todo el año. El lugar era de una belleza imponente, las nubes trepaban las montañas dejando a la vista variados matices de verde en sus laderas, una artística combinación de cipreses, robles, coigües y mañíos. Los ríos, como finos hilos de plata, se descolgaban de los ventisqueros y se abrían paso por los cañadones rocosos hasta llegar al río Baker, mientras las cumbres nevadas contemplaban a lo lejos el mar de la Patagonia. Apoyada en el barandal y con la mirada perdida meditaba y disfrutaba de mi instante reflexivo, cuando uno de mis acompañantes me volvió a la realidad.

—¡Mamá, despierta! y dime si vamos a visitar o no la Isla de los Muertos.

Esa era una parada obligada en nuestro recorrido por Tortel, llegar hasta la Isla de los Muertos e impregnarnos de su historia. Por ello mientras el resto de mi familia iba a comprar los pasajes opté por buscar algunas provisiones. Me dirigí al almacén que quedaba junto a una plaza de madera que al igual que el resto de Tortel, se encontraba sostenida sobre el mar mediante pilares. No pude dejar de admirar la belleza arquitectónica que estaba ante mí. Era una plaza techada, construida en base a coigüe y ciprés con dos columpios y una bella escultura tallada en madera de unos dos metros de largo por un metro de alto. Firmemente sujeta a uno de los pilares y suspendida a unos metros sobre el nivel del mar se encontraba un hermoso homenaje a una familia Kawéskar.

A menos de un metro de distancia contemplaba la obra de arte que tenía ante mí, cuando fui sorprendida por una voz suave, pero a la vez gastada por los años.

—¿Es hermosa verdad? Representa a la última familia de indígenas nativos de estas tierras.

Un hombre de unos ochenta años se encontraba tras de mí. De ojos marrones, barba canosa y piel curtida por el sol. Usaba un gorro chilote típico y un poncho tejido a telar bajo el cual se podían divisar un par de botas negras de goma. Llevaba en sus manos una navaja y un trozo de madera que aparentemente estaba tallando.

—Los Kawéskar fueron los primeros navegantes, exploradores indómitos de estos fiordos y canales, pero ya nadie se acuerda de ellos. Por eso a nosotros nos enorgullece esta escultura, nos recuerda nuestras raíces— dijo el anciano acercándose amigablemente.

—Dice “nosotros”, refiriéndose a los habitantes de Tortel ¿verdad?

—Usted dirá —señaló el lugareño con aire de misterio, mientras bajaba la mirada y retomaba su tallado— aquí todos somos iguales.

Y allí comenzó una experiencia inolvidable, pues en esa plazoleta de madera el tiempo se detuvo ante nuestros pies. Olvidé los planes que había trazado y sólo centré mi atención en el desconocido. Me habló de sus inicios como navegante de ríos y canales, del origen de su familia y de cómo creció su descendencia, sin embargo lo que más llamó mi atención fue su pasión por la historia local y por ello no dudé en preguntar:

—Señor, usted que conoce tanto de esta zona, ¿sabe por qué dicen que en Tortel las montañas lloran? —luego sugerí— ¿Será por el clima lluvioso?

—Esa es una larga historia, para una señorita que de seguro tiene otras cosas que hacer –respondió con desaliento sin despegar su mirada del pequeño trozo de madera.

—Aunque no lo crea, hoy tengo todo el tiempo del mundo. Lo escucho.

A primera vista parecía un hombre corriente, con poco y nada que decir, tal vez un pescador jubilado que intentaba pasar el rato conversando con los turistas. Sin embargo tenía un atractivo difícil de definir. Su mirada afable, el tono de su voz o el extraño acento que caracterizaba su modo de hablar. Tal vez su lenguaje pulido, que no era tosco ni coloquial como habría esperado de un lugareño. Algo en él parecía hipnotizarme y me dejaba sin aliento. Permanecí quieta por largo rato, con la mirada fija en sus ojos marrones. Dejé de sentir la humedad y la fría llovizna que empapaba mi rostro, no tenía hambre, ni curiosidad por saber dónde estaba el resto de mi familia, sólo deseaba quedarme a su lado. A partir de ese momento y en ese lejano lugar escondido entre pasarelas, sólo existíamos él y yo.

“Corría los inicios de siglo veinte cuando, una empresa maderera a la que llamaban Explotadora del Baker, contrató cerca de 270 hacheros provenientes de Chiloé. Su misión era cortar árboles para limpiar las laderas de las montañas y enriquecer a los empresarios extranjeros. Así fueron desapareciendo los coigües y cipreses nativos en la zona cercana a la cuenca de los ríos Baker, Bravo y Pascua, distante a menos de 10 kilómetros del actual Tortel. Era el invierno de 1906 cuando estos trabajadores fueron trasladados al sector de Bajo Pisagüa donde se encontraba el centro de operaciones de la empresa maderera. Ese era un lugar inhóspito, con instalaciones precarias sin soporte sanitario y con un abastecimiento insuficiente para los trabajadores, algo que ellos no descubrieron hasta que el barro les llegó a la cintura.

Mucho antes de la llegada de los invasores, esas tierras eran visitadas por familias de pescadores nómades, indígenas originarios de la zona. En ese entonces solo quedaba una familia de Kawéskar que sorprendida por las recientes actividades madereras escapó a los fiordos cercanos. Ellos tenían un hijo, como de 12 años, hábil navegante y cazador como sus padres, pero en esos años y debido a sus acciones se convirtió en un hombre, una leyenda.

Se ha escrito mucho sobre las causas de porqué esos chilotes fueron olvidados y dejados a la deriva, el resultado final fue la muerte en masa, enfermos, envenenados, quién sabe, el asunto es que fueron sepultados en la localidad, así se forjó la Isla de los Muertos. Nadie se preocupó por ellos, salvo Owenko el pequeño Kawéskar.

Una noche de tantas, cuando la muerte merodeaba por esos parajes envolviendo con su manto a todo quien se le cruzara enfrente, tras unos matorrales un par de ojos furtivos observaba los acontecimientos. Los hombres muertos eran envueltos y atados en lonas, luego los transportaban en carretas rudimentarias hasta la zona donde los sepultarían. Allí grababan una cruz con su nombre y quedaban cubiertos de tierra. Eso comenzó a ocurrir después del cadáver número cincuenta, porque ya se habían acabado los ataúdes de madera. El trabajo era agobiante sobre todo para los obreros que quedaban vivos, pues diariamente debían enterrar a sus amigos o parientes. Los muertos se apilaban uno sobre el otro, como haciendo fila para ingresar a su última morada.

Eso fue lo que vieron sus ojos y su corazón no pudo tolerarlo. Owenko, desobedeciendo a sus padres tomó sin permiso una de las canoas de su familia y esa noche antes de que el capataz notase la ausencia de sus trabajadores, rescató a 5 chilotes que aún no habían enfermado. A la noche siguiente fueron cinco más y dos más hasta completar una docena de obreros. Los llevó hasta donde estaba su familia y ellos los cuidaron y alimentaron, hasta que pudieron regresar al continente. Aunque la historia no lo cuenta, sobrevivieron y hoy su descendencia vive en Tortel”.

—¡No entiendo! si fuese así, sería una linda historia, pero nada de eso sale publicado en libros ni se comenta en los folletos turísticos— exclamé sorprendida luego de salir del estado de trance en el que me encontraba.

—Porque esa no es toda la historia señorita, déjeme continuar.

“En la última noche de rescate, el capataz notó que su grupo de trabajadores sanos se había reducido ostensiblemente y por ello puso más atención al movimiento de sus hombres. Así descubrió a Owenko, justo en el instante en que subía a sus últimos pasajeros. El capataz tomó su escopeta, en medio de la noche afinó la puntería y dio un solo disparo. Owenko cayó tumbado al suelo. Herido por la espalda, se arrastró hasta llegar donde estaba la canoa con sus últimos pasajeros. Tomó la soga que sujetaba la canoa y la ató a su cintura, luego se introdujo en las frías aguas del Baker y nadó a favor de la corriente, arrastrando su preciado equipaje hasta llegar a la orilla. Luego mediante señas les indicó cómo llegar al lugar donde se encontraba su familia. Nunca nadie encontró su cuerpo, pero dicen que fue en busca de más obreros para rescatar y que el Baker lo atrapó sin dejarlo salir. Cuando Owenko no regresó, sus padres intuyendo el destino que terminó con su vida lloraron amargamente la pérdida de su hijo. Esa noche entre gritos y sollozos clamaron al cielo y exigieron justicia a la madre naturaleza.

De los chilotes olvidados no se supo más. Se dice que la falta de alimentos desencadenó una epidemia de escorbuto o que comieron harina en mal estado y ello provocó un envenenamiento masivo. Sin embargo los sobrevivientes, aquellos rescatados por Owenko contaron otra versión, la que no se publica, la que se esconde, hubo un elemento intencional por parte de la empresa maderera que había quebrado pues tenía que indemnizar a muchas familias, por ello fue mejor decir que enfermaron y murieron por causas naturales”.

—¡No puedo creer que nadie conozca esta historia y que el pequeño Kawéskar permanezca en el olvido!— exclamé con molestia y asombro.

—Así no más es la historia señorita, como usted sabe la justicia del hombre nunca llega, por eso la naturaleza, buscó una salida para rendir homenaje a los últimos Kawéskar y consuelo a las familias que perdieron a sus hombres en la faena maderera de principios de siglo.

El anciano levantó la mirada y secó sus ojos, la historia parecía haber tocado una fibra oculta en su viejo corazón, luego continuó.

—Esta escultura que hoy tenemos enfrente es el reconocimiento del hombre, pero es el cielo de Tortel y sus montañas las que dan testimonio de lo ocurrido. Para que usted sepa, aquí en Tortel llueve todo el año. Pocas veces sale el sol y cuando lo hace, es para dibujar en las montañas ríos cristalinos, que se desplazan entre los árboles y las rocas hasta llegar al mar. El sollozo de las montañas da cuenta de lo acontecido y si usted pone atención, podrá ver cómo los ríos antes de desaparecer en el mar dibujan el nombre de aquel olvidado navegante que dio su vida por doce chilotes. Señorita, aquí en Tortel siempre recordamos a nuestros muertos.

—Cuando el sabio lugareño terminó su historia me miró a los ojos y me tomó de las manos, luego me entregó envuelto en un trozo de lona el pequeño trozo de madera que había tallado y me dijo:

—Para que nunca olvide porqué en Tortel las montañas lloran.

Esa fue una mañana sin precedentes. No compré los víveres que tenía pensado pero conocí a un hombre sabio y viví una experiencia indescriptible. Pocos minutos después fui al encuentro con mi familia y plena de gozo quise compartirles lo que había vivido.

—Tenemos los pasajes —exclamó jubiloso mi marido— Mañana tenemos que estar en la capitanía de puerto a las 8:00 AM y buscar la embarcación que hace el recorrido.

Mientras regresábamos a las cabañas comencé a relatarle lo que había vivido y de pronto noté una expresión de disgusto en el semblante de mi marido.

—¿Por eso no compraste la comida que habíamos acordado?

—No tuve tiempo —respondí con premura— como te contaba, conocí a un lugareño que me contó una historia fabulosa, que algún día voy a escribir. Simplemente, no tengo excusa.

—¿Qué dices? Ahora le encuentro razón a tu hijo. Veo que no te diste cuenta, pero él estaba sentado detrás de ti jugando con su celular y dijo que te pasaste toda la mañana viendo la escultura y hablando sola.

Buscando dar credibilidad a los hechos que intentaba justificar, le detallé paso a paso mi encuentro con aquel anciano, con su atuendo su tallado en madera, de cómo se produjo el incidente con los chilotes de bajo Pisagüa y de la leyenda del pequeño Owenko.

—Supongo que no le diste tu nombre ni la dirección donde nos alojábamos. Lo único que falta es que en la noche llegue “tu nuevo amigo” y quiera contarnos más historias— señaló mi marido en tono sarcástico.

—No te preocupes por eso, puesto que de “mi amigo” como tú dices, ni siquiera sé su nombre— respondí molesta.

Luego di media vuelta y a paso veloz emprendí el retorno, dispuesta a escalar los 205 peldaños que nos separaban de la cabaña en que nos alojábamos. Como hacía frío guardé las manos en el bolsillo de mi chaqueta y toqué un bulto. Solo entonces recordé el pequeño trozo de madera que me había dado el anciano y que presa de la emoción no había visto. Teniendo en mente sus últimas palabras, abrí con curiosidad el presente y encontré un nombre tallado: OWENKO.