Cuento: EL traje blanco

Héctor Ducci Budge

MENCIÓN HONROSA

Versión 2017

 

 

 

 

Mi abuelo Pedro nació en Rancagua en 1903. Después de estudiar medicina en la Universidad de Chile, se trasladó a Antofagasta como médico sanitario, atendiendo además a gente de las salitreras Humberstone, María Elena y Pedro de Valdivia. Al poco tiempo de establecerse allí fue designado “médico de puerto”, lo que lo obligaba a subir a los barcos anclados a buena distancia de tierra para que, una vez demostrado que estaban libres de pestes y enfermedades que pudieren afectar a la población, atracaran. Regresaba a tierra cargado con botellas de whisky, cigarrillos y hasta caviar, que le regalaban los capitanes de los navíos, seguramente aliviados por haber pasado con éxito el riguroso examen al que los sometía.

Conoció, se enamoró y se casó con Drina, la mujer más linda de Antofagasta. Su primera hija murió quince días después de nacer. Tres años después, Drina y su segunda hija murieron durante el parto, dejando a mi abuelo desolado, el que no se volvería a casar hasta diez años después.

La Compañía Sudamericana de Vapores lo contrató como médico de a bordo, lo que lo obligaba a embarcarse cada cierto tiempo en sus cargueros, y así conoció el mundo. Después de una estadía de  perfeccionamiento en Estados Unidos, su barco se detuvo por unos días en Cuba, donde se mandó a hacer dos trajes blancos, que mi madre me cuenta usó ¡para ir a trabajar!, cuando regresó a Antofagasta.

La familia nunca entendió cómo él había llegado a mantener la larga trenza rubia de su primera mujer en sus manos hasta el día en que murió, lo que no debe haber hecho especialmente feliz a mi abuela, su segunda mujer, con la que tuvo tres hijas, una de ellas mi madre, la que me cuenta que en su casa estaba prohibido mencionar el nombre “Drina”, aunque la trenza seguía apareciendo de vez en cuando, muchas veces en la conversación, en contadas ocasiones físicamente.

Mi abuelo murió en el año 1991, cuando yo ya tenía diecisiete años. Debería recordarlo bien, pero, por esos juegos de la mente, lo veo bajo el sol de Antofagasta, ciudad que nunca he visitado,  luciendo uno de los trajes blancos que había comprado en Cuba mientras trataba de continuar su vida sin Drina, siempre teniendo cerca de sí la trenza rubia de la mujer de la que se enamoró con solo verla.

Nos conocíamos desde el colegio. Los doce habíamos estudiado Ingeniería juntos, y hasta que variadas lesiones nos hicieron desistir de hacerlo, jugábamos fútbol cada domingo. Nuestras mujeres se habían hecho amigas, lo que nos había mantenido aún más cercanos. Solíamos comer en casa de uno de nosotros o ir a un restaurante, donde no era inusual que nos juntáramos ¡los veinticuatro! Pero no habíamos viajado en grupo. Decidimos que debíamos hacerlo.

Los hombres cumplíamos cuarenta y cinco, por lo que buscamos una fecha que fuera lo más cercana posible a las de nuestros cumpleaños para celebrarlos con un viaje, lo que resultó difícil. Decidimos que lo más factible era viajar a principios de julio, fecha que coincidía con las vacaciones de invierno de nuestros hijos. Y como era un cumpleaños especial —los ocho sabíamos que a nuestra edad ya se ha descubierto la mortalidad—, decidimos celebrarlo en grande. Iríamos a Cuba, isla que algunos de nosotros queríamos conocer antes de que Fidel muriera, ya que después de eso la situación podría cambiar.

Y ahora que Fidel murió, recuerdo lo que fue ese viaje, en el que éramos sesenta y siete, doce parejas y cuarenta y tres niños. En el avión, la algarabía fue tal que el piloto se vio obligado a pedir a los padres por parlante y en una voz nada de tranquilizadora que “contuviéramos” a nuestros hijos, criados juntos y grandes amigos, cuyas conversaciones a gritos y sonoras risotadas impedían que el resto de los pasajeros pudiera dormir.

Habíamos convenido que para la última comida del viaje, que terminaba con tres días en La Habana después de cuatro en Cayo Coco, nos vestiríamos “de alta noche”, y que no haríamos saber a nadie qué nos pondríamos. Al final de la comida y del baile, porque bailaríamos, se premiaría a la pareja mejor vestida.

Como no tenía ropa que cumpliera con el objetivo, salí de compras, pero siendo junio, las vitrinas de nuestra ciudad sólo mostraban prendas de hombre de color azul o gris, colores que probablemente en Cuba no se usaban ni para los entierros. Quería ponerme algo alegre, juvenil, divertido, que complementara el vestido rojo de Verónica, mi mujer, con el que se veía preciosa.

Volví a casa con las manos vacías. Y en eso recordé los trajes blancos que había oído que mi abuelo, al regresar de Estados Unidos en barco, había comprado en una Cuba que aún no sabía de Castro hacía setenta años. Sonreí al acordarme que era tan de turista comprar lo más típico del país que se visitaba, a sabiendas que, una vez de regreso en Chile, jamás se lo usaría. Ahí habían quedado el sombrero mexicano que compré en San Miguel de Allende, y los pantalones cortos tiroleses que adquirí en Kitzbuhel. Y mi abuelo también había caído en esa trampa en Cuba, y había comprado ¡dos! trajes blancos.

Sí, eso era lo que yo necesitaba para la comida de fin del viaje: un traje blanco. Debía averiguar si al menos uno de ellos, de los que había oído tanto, aún existía, y si lo encontraba, ver si me quedaba bien. Mi madre me había dicho que yo me parecía a mi abuelo y que era tan alto como él, lo que me daba esperanzas.

Pero antes tenía que encontrarlos. Después de que mi abuelo muriera, quizás quién se había quedado con los trajes, tal vez hasta los habían regalado. Finalmente di con uno de ellos. Una hermana de mi madre lo había pedido y guardado en una maleta que me esperaba en una bodega a la que llegué una fría tarde de invierno, una vez que logré tener en mis manos la llave que la abría. Cuando lo encontré, pude comprobar que efectivamente era blanco, de tres botones, con solapas angostas, lo que lo hacía parecer contemporáneo. Estaba en impecable condición, pese a que mi abuelo lo había usado en muchas ocasiones en el Chile opaco y avergonzado de todo en que le tocó vivir. Sobre el bolsillo interior, una etiqueta decía “La Rusquella, Obispo 528-529, Habana”.

Al ponérmelo, sentí que pese a que había sido cortado hacía setenta años, parecía haber sido hecho para mí. Donde estuviere, mi abuelo debía estar sonriendo. Si bien me quedaba levemente ajustado en la cintura, acomodaba mi ancha espalda y el largo de mangas era el adecuado. Me sentía cómodo en él, y me hubiera sentido más cómodo aún si lograba bajar dos o tres kilos, por lo que comencé una dieta, decisión que me hizo ver que era menos pretencioso de lo que suponía, ya que no la hubiera hecho si el traje me hubiera quedado más holgado. Lo colgué en su gancho y lo puse en el fondo de la maleta que comenzaba a empacar para nuestro viaje a Cuba.

Mi mujer y yo soñábamos con conocer La Habana, caminar por el malecón mirando la puesta de sol, sentarnos en la vereda de un restaurante a tomar unos mojitos para poder resistir el calor que haría en julio en la isla, bailar hasta la madrugada entre amigos al son de su música maravillosa, y recorrer la ciudad en sus autos antiguos que ahora, refaccionados, muchos de ellos hechos descapotables, pintados blancos, celestes y hasta rosados, se ofrecían a los turistas. E hicimos gran parte de lo que nos habíamos propuesto. La primera tarde fuimos en masa al malecón, donde vimos la puesta de sol entre pescadores, pintores, familias completas y enamorados besándose sin pudor.

Nos alojamos en el hotel Iberostar Parque Central, un edificio antiguo, ubicado en la céntrica esquina de Neptuno con Paseo de Martí, cuyo frontis no permitía imaginar que escondía una enorme piscina, en la que nuestros hijos pasaron largas horas. En las mañanas, cada familia arrendaba uno de esos autos, en los que recorríamos la ciudad en caravana, hablando a gritos de uno a otro vehículo, como si fuera carnaval. El nuestro era un Chevrolet del ‘49, pintado rosado, que manejaba Manuel, un guía turístico, de acuerdo a él profesor de historia en la universidad local, un gran cuenta-cuentos y… un poco disimulado amante de las mujeres, a las que miraba y celebraba en alta voz, sin medir consecuencias. Mis amigos se molestaron más que yo cuando Manuel comenzó a mirar incesantemente a mi mujer y a llamarla “la mulata blanca”, insistiendo en que se sentara junto a él en el Chevrolet y dirigiendo a ella —con un perfecto y envidiable uso del idioma español—, todos sus comentarios y enseñanzas de Cuba, como si nosotros no existiéramos, pese a que lo interrumpíamos celebrando la belleza y el estado de mantención del “carro”.

Manuel era bajo, delgado, y su afeitado obviamente evitaba alterar un perfecto bigote negro horizontal que me recordaba al de un cantante de boleros. Usaba un sombrero de ala corta, guayabera blanca con bordados en línea vertical en el pecho sobre pantalón café, y sandalias. Estuvo con nosotros tres días y nunca cambió su atuendo.

En varias ocasiones paseamos por las estrechas calles de la ciudad, que corrían entre edificios de dos o tres pisos con balcones de fierro con techo, los que parecían querer esconder cielos que durante nuestra estadía se mantuvieron siempre azules, y que tal vez siempre lo son. Las tiendas no parecían tener mucho que ofrecer, pero pese a ello y a lo que sabíamos de su situación política y económica, la gente parecía contenta, y cantaban e incluso bailaban a los ritmos de la música que lo invadía todo, mientras caminaban a quizás qué quehacer. En la Plaza de Armas las mujeres, que vestían ropas de vivos colores, conversaban y reían a viva voz, tal vez de nosotros.

Manuel tenía un especial interés por la música y por la arquitectura de Cuba, lo que parecía estar dejando en segundo plano para dedicarle más tiempo a enseñar la historia de su país a mi mujer, la que se reía, consciente de lo que le producía al fresco de nuestro guía. Este insistía en visitar diferentes bares y lugares de comida. Parecía saber cuando ya moríamos de hambre y de sed, y así se aseguró de comer bien y tomar en buena medida durante los días que nos acompañó, porque una vez que lo contratamos, no nos abandonó. No me cabe duda de que recibía una “cometa”, una comisión, por llevarnos a esos lugares. Con él conocimos el Museo de Bellas Artes, el Castillo de la Real Fuerza, la Catedral y el famoso Capitolio, pero gran parte de nuestras actividades se centraban en la calle Obispo, originalmente Del Obispo, que corría de la Plaza de Armas a la Avenida Bélgica, muy cerca de nuestro hotel.

Un día que bajé al lobby del hotel antes de que lo hiciera mi familia, dije a Manuel:

—Dejé de fumar cigarrillos hace unos meses, pero creo que a mi edad merezco fumar habanos. Prepáranos una visita a un lugar donde se hagan los mejores puros, pero que sea idea tuya. Si lo propongo yo, no me dejaron hacerlo.

Seguramente Manuel se aseguraría una sabrosa comisión antes de decirnos a cuál de las múltiples fábricas de habanos iríamos. Y ese mismo día, antes de ir en grupo al Malecón a ver una vez más la puesta de sol, anunció que a la mañana siguiente iríamos en visita privada a conocer la fábrica El Laguito, donde se hacían los Cohibas, según él los mejores habanos de Cuba. Traté de mostrarme tan sorprendido como el resto del grupo, pero Manuel me cerró un ojo y Verónica supo que yo tenía algo que ver con ese plan.

El Laguito era una casa enorme —en realidad una mansión—, de estilo neoclásico, que jamás esperé encontrar en la Cuba de Fidel. Había sido abandonada y recientemente restaurada, y lucía preciosa, rodeada por un extenso y bien mantenido prado. En su interior, que  bullía de actividad y ruido, se fabricaban los habanos. Seguimos todo el proceso, desde la selección de las hojas hasta ver cómo los “torcedores” hacían puros perfectos, todos iguales, abrazados por sus lindos sellos. Había varios tipos de Cohibas, los más finos y caros los Behike, en los que se incluyen dos hojas de la parte superior de la planta de tabaco Del Sol después de que han sido sometidas a un proceso de fermentación adicional en barriles. Nos informaron con orgullo que la palabra Cohiba era la que los habitantes originales de la isla usaban para describir las hojas de tabaco enrolladas que fumaban ya antes de la llegada de Colón. Manuel y yo salimos del lugar con sendos Cohibas Behikes 56, que fumamos orgullosos, mientras mi mujer y mis hijos me miraban reprobatoriamente. Él escondía la caja de habanos que yo esperaba pasar por la estricta aduana chilena sin que se me aplicaran  impuestos adicionales.

Manuel nos hizo conocer el bar La Dichosa, en la esquina de la calle Obispo con Compostela. Era un bar tan sencillo como encantador. Ahí escuchamos a “El cuarto de Tule”, una orquesta de cinco mujeres, todas en blusas negras apretadas, pantalones de vivos colores y botas negras cortas, que tocaba preciosos rumbas, salsas y boleros, con contrabajo, piano, flauta, violín y bongó. El único hombre en el grupo tocaba la guitarra. Pese a que aún no se ponía el sol, bailamos, claro que con mucho menos gracia que los locales. Hubiera sido imposible mantenerse estático oyendo esa música encantadora, más aún viendo y contagiándose con cómo se movían, sinuosas, las mujeres del grupo musical. La que tocaba el pequeño piano eléctrico era especialmente bonita, y las veces que me descubrió mirándola, alejó su vista de la mía, en un gesto encantador, mezcla de vergüenza y de coquetería.

Y también conocimos el famoso bar Floridita, que, según los habaneros, fue donde Hemingway escribió “Por quién doblan las campanas”. Estoy convencido de que en Cuba todos los bares dicen que el autor pasó ahí gran parte del tiempo, tal como en el frontis de cada hotel de la costa este de Estados Unidos dice “Aquí durmió George Washington”. Manuel no podía entender el que yo no me interesara en Hemingway. No le quise decir que pese a que en mi juventud lo había admirado y leído una buena parte de su obra, dejé de hacerlo cuando me impuse de que se había vanagloriado, y escrito al respecto, de haber dado muerte a los muy jóvenes soldados alemanes que Hitler mandaba a luchar, y a morir, cuando ya la guerra llegaba a su fin.

La Floridita, de acuerdo a un enorme letrero que era imposible ignorar cuando se cruzaba el arco de la entrada, había sido inaugurada en 1817 y era el lugar donde se había inventado el daiquiri, que comencé a beber en forma cercana al exceso con la excusa de que hacía mucho calor. La orquesta tocaba delante de una de sus paredes, la que tenía un enorme cuadro de una escena del siglo pasado, que no supe si era de París o de San Petersburgo, flanqueado por dos macizas columnas de caoba coronadas en oro, una decoración poco esperada en un país del Caribe. Allí vimos bailar a una pareja de profesionales, Rafael González y Marie Line, él ¡de traje blanco!, camisa, sombrero y zapatos del mismo color, y corbata negra; ella, de traje, zapatos y abanico rojo pálido. Recuerdo sus nombres porque la perfección y el encanto de su baile me impresionaron tanto que los anoté, no sé con qué fin. Creo bailar bien, pero después de ver como ellos lo hacían, fundidos en uno y haciéndolo parecer tan simple, decidí que debía abandonar mis excursiones a la pista de baile en los matrimonios a los que frecuentemente vamos, donde suelo entrar en un trance que la calidad de mi performance no justifica, y que invariablemente hace pensar a mi mujer que he bebido de más.

Se acercaba la última noche y crecía la expectación de cómo nos vestiríamos. Cada mañana, cuando me bañaba, colgaba el traje blanco en el baño intentando que el vapor de la ducha borrara las arrugas que había adquirido en su larga permanencia en la maleta. Hubiera sido ideal combinarlo con zapatos blancos, como lo hacía el gran Rafael González, pero no se me había ocurrido antes, en Chile tampoco los hubiera encontrado con facilidad, y en la Cuba que visitábamos no habíamos visto zapatos de ningún tipo en venta. Me pondría mis convencionales zapatos negros.

Manuel y el resto de los guías nos recomendaron hacer la comida final en el Hotel Ambos Mundos, en la calle Obispo 153. Hubo consenso entre los amigos en que ese debía ser el establecimiento que pagaba la mejor comisión a quien le llevara clientes, pero estuvimos de acuerdo en ignorarlo y aceptar su proposición. Haríamos nuestra comida de fin de viaje en su terraza, en el último piso. Manuel contrataría a la orquesta y nuestras mujeres lo ayudarían a definir el menú. Esa noche fue la única en que dejamos a los niños en el hotel, cuidados por mujeres jóvenes recomendadas por el recepcionista. Verito, mi hija mayor, quedaba a cargo de reportarnos cualquier problema por celular, el que habíamos mantenido “cerrado” hasta entonces para desentendernos de lo que pudiere estar pasando en nuestro país.

Manuel, que pese a no estar invitado se sumó a la comida, nos pasó a buscar a las 8:30. Me sorprendió cuando, en vez de celebrar lo linda que se veía mi mujer, lo que ya me estaba cansando de oír, enmudeció al verme vistiendo el traje blanco. No dijo nada, de hecho se mantuvo en silencio hasta que llegamos al hotel Ambos Mundos, a escasas cinco cuadras del nuestro. Cuando nos bajamos, me dijo, en una voz que no escondía su excitación:

—Oye chico… ¿De dónde sacaste ese traje? Porque ese es de acá, de Cuba, ¿no?

Y le conté la historia, aunque abreviada.

Cuando el calor reinante me obligó a sacarme la chaqueta, vi su etiqueta. Llamé a Manuel, que se acercó, y se la mostré. Decía “La Rusquella, Obispo 528-529, Habana”.

Manuel abrió unos enormes ojos, acercó una silla y se ubicó entre mi mujer y yo.

—Chico, ¿tú sabes dónde estamos? ¿Cuándo, que año crees tú que tu abuelo se compró este traje? Porque fíjate que esa sastrería, que ya no existe, estuvo ubicada en el 528-529 de la calle en que estamos. La dirección de este hotel es 153 de la calle Obispo.

Respondí:

—Calculo que mi abuelo lo compró alrededor del año 1940, sí, unos tres años después de que enviudara, cuando fue a Estados Unidos a estudiar, y regresó en un barco que se detuvo en La Habana.

—O sea que ¡después de setenta y cinco años el traje ha vuelto no sólo a Cuba, sino que a la misma calle en que se le dio vida!

Me gustó la expresión; se le había dado vida a un traje. ¿Por qué los chilenos, que nos creemos un país de poetas, no podemos inventar esas metáforas, hablar así de bien el castellano?

—Sí, estoy casi seguro que fue entonces. Es increíble.

La orquesta había comenzado a tocar y las otras parejas habían comenzado a bailar. Me puse de pie y tomé a Verónica de la mano y la conduje hasta la pista.

Bailamos un largo rato. La alta temperatura reinante, la música, los amigos, las vistas de La Habana desde la terraza en que nos encontrábamos, la luna llena y los mojitos y los daiquiris, pero más que nada el encanto de mi mujer, que baila estupendamente, me hicieron sentir feliz y agradecido de Dios por la vida que me había tocado vivir. Manuel, aún sentado en nuestra mesa, no me quitaba los ojos de encima, y ya no parecía tan interesado en Verónica como lo había estado hasta entonces, a la que había asediado los últimos tres días llamándola, hasta hostigarla, “la mulata blanca”.

Cuando volvimos a la mesa, Manuel me dijo:

—Pedro, chico, tengo que hablar contigo. Se me ha ocurrido algo y quiero hacerte una proposición… pero no aquí. Por favor sígueme.

Se levantó y caminó hasta la baranda de la terraza, en la que se apoyó. Lo seguí, y mirando hacia donde estaba Verónica sonreí y me encogí de hombros, cómo diciendo “¿qué querrá este tipo ahora?”. Cuando llegué hasta donde él estaba, apoyado en la baranda, se dio vuelta y sin cambiar su cara de fresco consumado, me dijo:

—Pedro, ustedes se van mañana… ¿Qué te parece si yo te dejo mi carro, el Chevrolet que tanto has admirado, y tú me dejas en cambio el traje blanco y tu mujer, la mulata blanca?

Al día siguiente volvimos a Chile. Llevaba conmigo mi traje blanco, el premio de la mejor tenida, y… a mi mujer.