Cuento: Embarazo Distópico

Guillermo Alejandro Witto Arentsen

MENCIÓN HONROSA

Versión 2017

 

 

 

 

Bárbara abrió la luneta lateral del automóvil de su padre con el control automático del apoyabrazos. Los viajes eran tan suaves en los vehículos del año 2048 que se habían transformado en una frecuente fuente de accidentes ya que los conductores solían quedarse dormidos con mucha facilidad. La propulsión originada en el sistema anti gravitacional, diseñado por un chileno, y el combustible utilizado en base a pilas de litio recargables, habían transformado a Chile, nuevamente en potencia económica. Se había acabado el ciclo del salitre y luego, cuando el ciclo del cobre se estaba acabando, surgía esta nueva tecnología que daba al país un respiro, quizás, por cuantos años. Un hecho colateral era que los bolivianos se habían olvidado de sus peticiones de salida al mar, ya que eran la principal potencia mundial en la producción del mineral no metálico.

Un chiflón de aire fresco la sacudió de la modorra que sentía a esa hora de la mañana. El tibio sol de noviembre, se dejaba sentir a las 10 y trató de recordar el origen de aquel viaje —trámite, como decía su padre — que habían emprendido, muy temprano, desde la costera Viña del Mar.

Las luces son divertidas, se mueven mucho y uno no alcanza a distinguir más que fogonazos de colores que dejan ver parte de los rostros y parte de los cuerpos, la mayoría completamente desnudos, como se acostumbra a ambientar las fiestas juveniles. De fondo una música monótona, mezcla de canto gregoriano con reggeatón, hace las veces de un mantra alucinante. Nos embriagamos rápido con ese nuevo trago en base a Ouzo y jugo de adormidera, el que completa la profundidad del sopor que produce la Cannabis, la buena Cannabis que distribuye el gobierno. En realidad la drogadicción con químicos de síntesis ha disminuido, pero nadie quiere aceptar que la única manera de terminar con el tráfico es controlar y no tratar de destruir toda la cadena de producción y distribución de las drogas y entregarlas gratis, como medicinas, en los consultorios.

Estoy muy borracha y en realidad no sé quién es el que me empieza a acariciar el pubis. Al principio pienso en rechazarlo, pero lo encuentro rico. Sus dedos son suaves y tibios y sabe moverlos con destreza. Rápidamente me humedezco y separo ampliamente mis piernas. Estoy sobre un sofá, pero en el suelo veo unas cuatro parejas fornicando.                                                                                                 Pienso que las fiestas mechonas se nos han ido de las manos. Hemos querido ser más que nuestros abuelos y su historia ridícula del “Acto de la procreación” de 1972, en donde un par de alumnos fueron expulsados de la universidad, pero en realidad, mucho tiempo después la cosa ya estaba brígida como la aprecié en una película muy antigua llamada “Trainspotting”. Actualmente el sexo libre es un derecho social y se hace sin permiso en cualquier parte. Es obvio que, en un país que tiene unos de los sistemas sanitarios más avanzados del mundo, hay a disposición de los jóvenes toda la información y los métodos para evitar embarazos no deseados.

No estoy segura de haber tomado la píldora y estoy muy caliente como para empezar a buscar un condón.

Creo que el tipo que tengo sobre mí es Pablo, el rubio alto de quinto año, lo cacho por su perfume barato, con aromas hippies a Patchoulí. Afortunadamente acaba rápido y se retira sin siquiera darme las gracias. Creo que tengo mucho sueño y me duermo profundamente.                                              Me despierto al día siguiente, muy temprano, con una cefalea intensísima y veo botados en el suelo a mis compañeros desnudos —que me dan risa— y a mis amigas -que me dan pena. Entre pena y risa me visto y abandono aquel departamento de la avenida Perú con ganas de zamparme un chocolate caliente con churros.

Endereza el respaldo del asiento del pasajero y recuerda que no ha tomado desayuno. Le dice a su padre:

—Tengo hambre papá… ¿Podemos detenernos en el camino a comer algo?

—No… Imposible. Recuerda que tienes que llegar en ayunas, salvo que te quisieras realizar el procedimiento sin anestesia.

—¿Nos vamos a demorar mucho más?

—No conozco el lugar. En el tiempo que le hicimos el procedimiento a tu hermana mayor, teníamos más plata y pagamos el servicio en forma privada. El navegador del auto dice que quedan 23 minutos para llegar y lo tengo en piloto automático. Este tráfico controlado por la computadora central —cuando funciona— funciona muy bien. ¿Estás arrepentida?

Bárbara bajó la vista y se miró la punta de sus pies semi-descalzos y trató de imaginar cómo serían los piececitos en un embrión de 8 semanas, pero rápidamente recordó sus clases de embriología y se tranquilizó al saber que la organogénesis era posterior a eso.

Le habían dicho que era rápido e indoloro y que casi no tenía complicaciones para la gestante, que sólo se perdían un número insignificante de embriones —algo así como el 8 a 9%— en cada transferencia embrionaria y que esta herramienta tecnológica había sido la solución para evitar esa “depresión post aborto” que se presentaba tan frecuentemente a fines del 2018, sobre todo en los embarazos producto de violaciones. Era la solución para evitar el aborto y con ello evitar todo el proceso que significaba acusar al “violador” que, en un número importante de casos, eran las parejas de relaciones consentidas que habían llegado a su fin.

La transferencia embrionaria a un útero huésped de arriendo – tan utilizada en Europa y USA por parejas infértiles- había sido la solución para evitar los abortos. Era un procedimiento que tenía cobertura completa del seguro (en realidad los seguros cubrían hasta las cirugías plásticas), era ambulatorio y sin riesgos, pero tenía un problema gigante: encontrar un útero huésped gratuito y encontrar quién se quisiera hacer cargo de ese recién nacido cuando hubiere terminado su desarrollo.

Al principio todos creyeron que esa multitud de niñitas y mujeres “provida” (como se autodenominaban) iban a cooperar entregando sus úteros a tal noble tarea de salvar una vida, pero la realidad fue muy decepcionante. Ninguna de aquellas mujeres de aritos de perla y misa dominical, estuvo dispuesta al “sacrificio”. Al principio siempre hubo mujeres pobres que estuvieron dispuestas por el beneficio económico, pero cuando llegas a los US$ 50000 per cápita, las mujeres adquieren ocupaciones más “dignas”, ni la licencia médica desde el comienzo del proceso fue tentación, ya, para las mujeres pobres.

El otro problema era encontrar padres adoptivos. Al principio se trataron de agilizar los procesos de selección de padres potenciales llegando a la cifra récord de 48 horas, pero los potenciales receptores, aquellos que siempre dispararon contra los centros del servicio nacional de menores, hicieron oídos sordos. El gobierno trató de subsidiar casi la totalidad de la manutención de los primeros dos años del recién nacido, pero los candidatos comenzaron a escasear.

—¿Qué hiciste para encontrar padres adoptivos papá?

—preguntó la joven, mirando de reojo a su progenitor.

—Tuve que echar mano a la red de contactos que tienen tus tatas.

—¿Cual tata… el Ricardo, el Felipe o el Javi Conciencia por la Vida er?

—Bueno, tus tatas que son mis papis. Recuerda que yo tengo dos papás. Ellos tienen amigos en la Fundación de estímulo a la paternidad gay. Encontramos una pareja homosexual que está en el límite etario de la adopción. Una de ellas tiene 58 años. Es un caso extraño. La mayor de ellas creyó toda su vida que era heterosexual hasta que se enamoró, por primera vez, de una mujer, su actual pareja, que nunca tuvo pareja porque en realidad, entre nosotros, es harto fea la vieja— Se rió con una carcajada corta y estertorosa.

—Pero lo importante es que se cierra el circuito.

—Lo más difícil fue encontrar el útero de arriendo. Nosotros no tenemos dinero y nadie quiere hacerlo por el subsidio que recibe del gobierno. Lo encuentran muy poco. Afortunadamente apareció esta congregación religiosa de las “Hermanas de la Inmaculada Concepción”. Las monjitas pidieron la dispensa papal para recrear la Vida santa de María en sus propios cuerpos. Engendran siendo vírgenes. El problema es que son pocas, y algunas ya han tenido más de doce embarazos y hay lista de espera, pero lo más grave fue lo del caso de la hermana Filomena, que no quiso entregar al hijo a la pareja adoptante. Ese hecho empezó a judicializar el sistema y ahora está medio chacreado.

—Pero cuando se revisó hacer la reforma por el aborto libre… ¿Por qué no ganó esa posición? Se habrían ahorrado todos esos trámites y esas dificultades. Ahora hay unos tremendos programas de apoyo psicológico a los cuales acceder, pero solo si sigues la norma vigente. Si abortas por tu cuenta, te tienes que mamar la depresión no más.

—Hija: en las sociedades modernas los temas valóricos debieran ser plebiscitados. Aquí, en Chile, todavía existen grupos que influencian para que sean algunos los que decidan por todos. Lo de la nueva constitución fue un volador de luces. Al final terminaron haciendo pequeños maquillajes para que fueran los mismos de siempre los que ostentaran el poder.

La voz metálica y robótica del computador del auto comenzó a avisar la pronta llegada al centro ginecológico-obstétrico de alta especialización, de los cuales había dos más en Chile, uno en el extremo norte y otro en el extremo sur. El edificio era imponente. 12 pisos de murallas vidriadas le daban un aspecto futurista digno de película de ciencia ficción. Nadie podría imaginarse que fuera estatal.

Se presentaron en la recepción. Extrañamente recibieron una cálida sonrisa por parte del personal administrativo que allí, se desempeñaba. La sala de espera estaba casi vacía. Tomaron un número del antediluviano expendedor de tarjetas de prioridad y solo debieron esperar unos minutos antes que los llamaran a registrarse, cosa que al padre le incomodó un poco, porque había empezado a tomarle el gusto a la película que estaban transmitiendo en la pantalla gigante, pese a las múltiples interrupciones para pasar mensajes sobre exámenes preventivos gratuitos. Chile, como casi todos los países desarrollados, había disminuido, a tasas de desprecio, la mortalidad por cáncer, entre ellos el cérvico uterino y el de mama a punta de diagnóstico y tratamiento precoz.

Los hicieron pasar a una consulta amplia y bien iluminada, donde una mujer joven y buenamoza, quien dijo ser matrona, les empezó a hacer un cuestionario.

—¿Nombre?                                                                               —Bárbara Antonia Araya Valenzuela.

—¿Edad?                                                                                       —Veintitrés años.

—¿Estado civil?                                                                                —Soltera.

—¿Ocupación?                                                                           —Estudiante universitaria.

—¿Tienes alguna enfermedad crónica destacada?

—No, soy sana.

—¿Qué vienes a hacerte? … ¿Un aborto? … ¿Una Transferencia embrionaria?

—¿Yo creo que una transferencia?

—Y la receptora ¿Dónde está?                                                         —No sé… No la conocemos, la consiguió el Estado a través de unos sistemas de protección social.                                                Sólo sabemos que es religiosa.

—¿No saben cómo se llama?

—No tenemos idea— contestó, un tanto molesto, el padre levantándose del asiento y comenzó a mascullar el típico sonsonete tantas veces escuchado en las salas de esperas de los hospitales públicos… “Claro… como somos pobres no tenemos derechos… Tuviera plata esto ya estaría aclarado”.

—Puedes abortar si quieres, pero me tienes que traer el certificado de los dos obstetras que dicen que tu embarazo es inviable y te produce riesgo o bien me traes la orden judicial en donde el violador reconoció su delito y está en proceso de pagar su condena.

—Es que a mí, en realidad, nadie me ha violado. Lo que yo quiero es deshacerme de este ser al cual no le tengo ningún afecto.

—Pero los afectos pueden aparecer después— le dice la matrona mirándola a los ojos, como buscando tratar de revertir la decisión de la adolescente.

Bárbara miró a través de las persianas entreabiertas. Afuera se notaba un tráfago nutrido y confuso como las ideas que se colaban en su cabeza y se mezclaban con recuerdos recientes.

Pablo arrugó el papel entre sus manos. Una mezcla de impotencia e incredulidad le tornó el semblante, una vez risueño, en una mueca de asco. El certificado de la prueba de ADN, por muestra tomada con micro amniocentesis, mostraba una correlación de paternidad del 99,8%. No había duda, iba a ser padre de una criatura antes de lo que él se imaginaba, salvo que el proceso se le pusiera fin por adelantado.

—¿Qué quieres tú?— le preguntó a Bárbara, sin mirarla.

—Me gustaría tenerlo, pero tú sabes cómo están las cosas. No puedo ser estudiante de medicina y madre al mismo tiempo, no me da el cuero.

—¿Y cómo la Francisca pudo?

—La Fran es hija única de un papá con mucha plata, son las nanas las que le dieron la oportunidad. Yo qué voy a hacer. Mi mamá no existe o es casi como si no existiera y mi hermana mayor tiene su propia familia, somos mi papá y yo y más encima el viejo se quedó sin pega. Con esto de la robótica, el ejército de desempleados crece y el subsidio de cesantía que da el gobierno no alcanza.

—Pero puedes congelar un año.

—Ya congelé un año cuando me vino la depre por la partida de la vieja. Tú sabes que con la reforma educacional lo de universal se redujo a un universo muy pequeño de estudiantes muy filtrados. Claro, es gratuita, pero con un año de gracia y yo ya lo ocupé. Antes eran más, pero los chantas, amparados en un par de gobiernos populistas, casi hicieron quebrar el sistema.

Pablo queda en silencio un largo rato. Camina de un lado a otro. cabizbajo, como león enjaulado.

—Pero lo afrontamos juntos. Yo coopero dice con voz temblorosa

—No quiero que me vayas a acusar de violación, ya viste lo que le pasó a Arturo. Como no tenía abogado particular, no pudo demostrar lo del sexo consentido y ya lleva 3 años adentro.

—Una familia se funda en una relación de afecto profunda, Pablo… Lo nuestro fue un descuido como los miles que siguen pasando en Chile y que van a seguir pasando. Una relación así, está condenada a terminar mal.

—La llamé al celular. Dice que está enferma en cama, con gripe, que si podemos esperar una semana, comunica el padre, quien reingresa en la habitación acezando como un burro.

—Imposible. Tu edad gestacional está en 11 semanas. 12 es el tiempo máximo que permite la ley para hacer cualquiera de los dos procedimientos, pero yo tengo una solución, por 200 lucas les consigo un certificado de inviabilidad fetal— dice la matrona mirando por sobre los lentes puestos en la punta de su nariz.

Bárbara mira a su padre. Sonríe.

—Vamos a tomar desayuno por allí papá. Tenemos que conversar sobre las dos alternativas que siempre tendrá la gente pobre: lo tengo y me cago la vida o lo aborto por mi cuenta… y también me la cago.

—Pero me puedo conseguir la plata para los certificados.

—Guarda la plata para el misoprostol o para el coche… todavía no sé qué voy a hacer.