Cuento: Tronco Abandonado

REYNALDO BECERRA BECERRA

MENCIÓN HONROSA

Versión 2017

 

 

 

La lluvia arreciaba y con furia golpeaba sobre los permeables techos de las rústicas viviendas de su pueblo. Negras nubes hacían la noche más obscura, que junto al torbellino de ruidos iracundos con que aullaba la naturaleza, ocultaba todo vestigio humano que osara enfrentar el temporal. La choza resistía precariamente el golpetear prepotente de la lluvia y el viento; pareciendo que en cualquier momento, con su temblor, estallaría en miles de despojos para ser arrastrados por el lodo burbujeante y voraz. Allí yacía ella. Estratégicamente acurrucada en el rincón más seco y menos frío del interior de la vivienda. Hierbas secas y pieles eran su lecho, las que difícilmente daban algo de calor a su aterido cuerpo, cubierto tan sólo por su ajado y antiguo vestido de niña virgen.

El delgado hombre semidesnudo, de piel morena, pelo azabache y piernas de gacela, corría bajo la fría tormenta, devorándose la selva austral en cada zancada.

Desde siempre le tuvo temor a los temporales y ahora más que nunca temía abrir los ojos, quizá para evitar más estímulos sensoriales a su atribulada mente. Podía oír claramente con que fuerza el viento agitaba el follaje de los arboles e imaginaba como el aguacero inundaba el exterior, por el solo golpeteo de agua sobre agua. Una pestañada fugaz le permitió percibir la tenue iluminación del habitáculo. Luego, otra y otra pestañada fueron dando forma al entorno de muros muy lisos y pulidos, color verde musgo. El cielo blanco y limpio ponía coto a su mirada, obligándola a mirar la imagen tierna y amable de ese radiante hombre de pelo cano y rostro bondadoso que desde el cuadro colgado en el muro parecía decirle que relajara su cuerpo y su mente, que tuviera fe y descansara. Se acomodó en el mullido lecho, cerró los ojos y trató de dormir al tiempo que palpaba el vestido que aún traía puesto, recuerdo del día en que en una secreta ceremonia se habían unido para siempre.

El vetusto todoterreno se desplazaba lo más rápido que podía, saltando las piedras y badenes del sendero, mientras el hombre en su interior hundía con vehemencia su pie en el acelerador.

Aquel vestido, hacía tres inviernos ya, que su abuela lo había confeccionado para que lo vistiese en las celebraciones de las trece primaveras. Como olvidar cuando desfiló junto a otras vírgenes ante la presencia del gran jefe, quien las ungió como mujeres grandes para ser elegidas por los más dignos jóvenes. Fuertes guerreros y hábiles cazadores aptos para la procreación. Distantes estaban los baños comunes donde las niñas ocultaban sus tersos y hermosos cuerpos, bajo las cristalinas aguas del río, como también lo estaban aquellos alegres paseos nocturnos a la luz de la luna en que, aunque les estaba prohibido, los jóvenes se las arreglaban para a hurtadillas ir a contemplarlas. Ellos se esmerarían en la lucha y en la caza, y pondrían a prueba todas sus habilidades para ser el mejor y poder elegir primero a la joven de sus sueños.

Los pies le sangraban, y algunos guijarros de la espesa selva ya eran parte de su piel. El sudor se confundía y mezclaba con la fría lluvia de la época, que bañaba su cuerpo y escurría por sus aristas hasta mezclarse con la sangre amoratada de sus extremidades. Sus rojas huellas se desvanecían al instante sin dejar rastro del calor ni el olor de su humanidad, quizá para no ser indelebles testigos de la ruta que muy pronto uniría dos mundos.

Aunque había logrado dormitar un poco, continuaba intranquila, sola y él no se encontraba a su lado. No sabía dónde ni cómo estaba. Un temor inexplicable, sudor y palpitaciones inundaban su juventud insegura. La lluvia no daba tregua y el viejecillo del cuadro trataba de calmarla. Parecía decirle, tranquila, él ya vendrá, él no ha olvidado tus besos. Recordó los paseos por la playa, las caminatas sobre la hierba mojada, las correrías tomados de la mano sobre las quebradizas hojas secas del otoño, el sol sobre la cara, las titilantes estrellas y la fresca brisa primaveral en su pueblo natal.

Su pie continuaba en el pedal a fondo y la tracción a duras penas lograba su objetivo. El lodazal que formaba la implacable lluvia sobre la nada transitada huella, dificultaba el agarre del caucho al terreno. El rostro sereno del hombre y la finura de sus rasgos hacían inimaginables la tensión que llevaban sus músculos y el acelerado latir de su corazón.

Todo era parte del pasado y ahora sola, pagaba su culpa en aquella choza de penitencias. Había faltado a las leyes tribales más elementales, y ahora ellos la juzgaban. No podía apagar un sentimiento tan hondo e intenso ni dejar de amar a aquel joven de su infancia feliz, tan sólo porque no era un buen cazador ni un intrépido guerrero. Nadie comprendía porqué se negó a construir un lar junto al mejor, y menos aún, que después de tres inviernos de cortejos, sin ceremonias y sin la venia del gran jefe, le entregaría su amor a otro, a un quizá no tan buen guerrero o discreto cazador. Sólo ella sabía de sus besos, de sus caricias, su ternura y su voz de ensueño.

Él, sabía que tenía que seguir corriendo; ni las heridas de sus pies, ni la fatiga de sus músculos eran suficientes para detenerlo en su carrera. El dolor ya no importaba y los animales de la selva seguramente, sabedores de su tarea, no osaban detenerlo.

Lo conocía desde que eran niños, jugando en columpios y resbalines, corriendo tras una pelota y ya más grande corriendo tras ideales, hablando de libertad, justicia, igualdad, amor; de luchas morales, intelectuales, jamás beligerante. Creía en su amor puro, sabía de su búsqueda y su entrega que ahora los había llevado a lo más profundo del continente. Ella no dudó en acompañarlo, aun faltando a las más arraigadas normas familiares y sociales, sin embargo en ocasiones se cuestionaba si era lo mejor para el hijo que llevaba en sus entrañas.

El cansancio lo agobiaba. Eran varias horas conduciendo, la tormenta no cejaba y el camino se hacía cada vez más sinuoso. El vehículo hacía lo imposible por responder a sus solicitudes y para peor el único foco que le quedaba, poco iluminaba la obscura ruta.

El gran creador la condena. Así lo había dicho la hechicera al palpar su vientre henchido de vida y al escudriñar con sus dedos en lo más profundo de su ser: Este hijo suyo, viene atravesado. No podrá nacer. Morirán él y tú.  Será así tu verdugo. Es la voluntad del gran dios. Así parecía estar ocurriendo. Los dolores de su vientre eran cada vez peores. Se precipitaban unos tras otros, aumentando en frecuencia e intensidad. Sentía latir en su abdomen a ese ser, vida de su vida, que pujaba y clamaba por nacer.  Se retorcía en silencio, en la soledad, bajo la implacable tormenta, soltando gritos de muerte, agudos y penetrantes que  sin importarle a nadie por allí, atravesaban la espesura de la selva.

Algo le decía que quedaba poco. Debía seguir corriendo hacia donde apuntaba siempre la punta bamboleante; aunque él no lo sabía, en tres horas llevaba setenta kilómetros corridos, dignos de cualquier récord y comparable con cualquier hazaña de los guerreros de su tribu. Más, todo eso no le interesaba. Él sabía que más allá del devorador río estaban aquellas personas llegadas de lejos, y con ellas la ayuda que  requería.

Gritó asustándose de su propia estridencia, no sabía si era la intensidad de los espasmos, o lo febril de sus pensamientos lo que la había movido a hacerlo. Trató de razonar, la experiencia era inédita, la guerra, él estaba lejos, los dolores inmensos. Comenzó a llorar en silencio, lo agitado de su respiración, su corazón palpitante y el desaliento, la hacían desfallecer. La lluvia parecía querer entrar por la ventana, relámpagos y truenos ocultaban toda posible señal de su amado, a quien ella imaginaba bajo la lluvia corriendo a su encuentro.

Una cerrada curva con una empinada pendiente, lo obligó a poner segunda, aceleró a fondo; sin embargo, las cuatro ruedas patinaron llevándolo violentamente a estrellarse contra un viejo árbol.  Máquina y planta rodaron estrepitosamente por la ladera del sendero hasta ir a parar a una pequeña saliente que impidió su caída a una profunda hondonada. El hombre, un tanto confuso, trató de incorporarse; sin embargo, el árbol que había caído sobre el vehículo no se lo permitió.

Sintió tras la lluvia las pisadas presurosas que se aproximaban a la tienda.  Al correrse el velo de la entrada, pudo ver destellos de antorchas y oír los murmullos de sus voces.  Su abuela, su madre, la hechicera, el gran jefe, consejeros y otros que iban y venían, confundían aún más sus sentidos.  Se movían la tocaban, se acercaban, se alejaban; hasta que entre truenos, rayos, carreras, chillidos y gritos,  varias mujeres la desnudaron y lavaron su cuerpo. La pusieron sobre una angarilla, y la  depositaron en el centro del lugar sobre tres rocas pulidas y adornadas, al parecer a modo de ofrenda.

Mientras, el implacable corredor continuaba su esperanzada travesía.

Un ruido, unos pasos, pero no era él. Sólo el golpetear de una rama en los cristales. El anciano del muro, producto de su propia cultura y civilización, imagen que no representaba nada para muchos, la consolaba. Le tenía fe, era el representante de su dios en la tierra y sabría interceder por ella ante la divinidad.  Sin embargo, el temor a la soledad la desesperaba. Había llegado el momento tan anhelado y él seguía ausente. La despojaron de su apreciado vestido y comenzaron el traslado.

La guerra lo había llevado hasta allá. Él, como médico, se había ofrecido para ir a colaborar con aquellos hombres que luchaban por lo que creían una buena causa. Causa que en lo más profundo de su ser no compartía, pero sin embargo, sentía la necesidad de apoyar a ese pueblo que sufría.

Ahora yacía allí, confundido, y aunque percibía su anatomía íntegra; se encontraba atrapado entre el milenario conífero que había hundido el techo del vehículo y la puerta trabada del lado del conductor. Trató de incorporarse para alcanzar el radiotransmisor, pero en su situación le resultaba imposible. En ese instante miró hacia el cielo y pudo ver parado en el borde de la quebrada a aquel hombre, de mirada imponente, alto, de taparrabo y piel cubierta de enigmáticos dibujos. El hombre descendió y de un solo esfuerzo hizo lo que parecía imposible, tomó el árbol por su grueso tronco y lo empujó quebrada abajo. A través del techo roto procedió a rescatarlo. Parecía poseído, más que de una  gran fuerza física, de una gran fuerza espiritual. Lo depositó cuidadosamente en el suelo y al comprobar que se encontraba bien, comenzó a tratar de comunicarse. No entendía el dialecto; sin embargo, la mirada de súplica y los ademanes del nativo le decían claramente que solicitaba ayuda. Recordando su propia situación, se incorporó e hizo gestos a su salvador de que esperara. Éste comprendió.  Rápidamente se introdujo en el vehículo, puso el contacto y encendió el radio.  El ruido inconfundible de la puesta en el aire y luego una voz: Aquí rojo 4, hable, cambio; el hombre moreno parado bajo la lluvia implacable, no se inmutó.  Aquí verde 3, sufrí accidente. Mande ayuda, cambio. Rojo 4 recibiendo, deme sus coordenadas, cambio. El hombre las dio y se dirigió hacia donde estaba el aborigen. Cambio y fuera, va ayuda terminó de decir la aérea voz. Lo asió por un brazo y lo conminó a protegerse de la lluvia dentro del destartalado vehículo. Los hombres se miraron, uno agradecido, el otro implorante, ansioso dibujó en el lodo una mujer con el vientre henchido e imitó como sufría ella por los dolores. El primero entendió.

Quién sabe cuánto tiempo había pasado y qué otras cosas se habían comunicado, cuando apareció por la curva del camino tambaleándose por el furioso viento, un camión de transporte con un contingente de individuos. Se gritaron con el de abajo, se hicieron algunas señas, desplegaron una escalerilla y éste conmino al hombre marrón a subir por ella. Sin un titubeo subió raudo. El más pálido hizo lo propio. Inmediatamente, este último  pidió dirigirse al sur. Los recién llegados lo miraron extrañados, pero aceptaron. Al nativo se le iluminaron los ojos, era increíble, el otro había comprendido que él había corrido siempre en la dirección a la que apuntaba la flecha de la pequeña rueda. El viaje fue más rápido de lo esperado, llegaron a esa extraña y primitiva construcción donde yacía la inerme mujer. Con premura procedieron a subirla al camión. Partieron rasgando la tormenta que con su tronar impedía a cualquier alma escuchar el afanar de sus fantasmales figuras.

Al llegar, ella pudo ver mucha gente, cubrieron su cuerpo con una tela blanca y la trasladaron a través de un iluminado laberinto con destellos amarillos, muros pulidos y piso impecable. Con tenue lucidez podía ver desde su posición horizontal, aquellos entes albos deambular de un lado a otro, mientras el carro que la transportaba abrió de golpe el paso a aquel recinto de verde suave, lleno de artefactos metálicos, titilantes, oscilantes, con chillidos y silbidos incomprensibles para sus oídos. Artefactos como esos se asemejaban tan sólo a aquellos que impregnaron su retina y sus oídos de niña, cuando por primera y única vez unos extranjeros se internaron en sus territorio con aquella máquina humeante que flotaba por el río plagado de alimañas. El armatoste encalló y de sus ocupantes nunca supieron. Ahora yacía en un recodo del tronador, inundado de lodo y casi cubierto por la hiedra salvaje, donde sólo de cuando en vez es visitado por algunos juguetones pequeños, como lo hicieran ella y él en su niñez.  Llegaban hasta el abandonado artefacto flotante y se introducía en sus entrañas a escudriñar y contemplar extraños objetos que luego ocultaban en el mismo lugar. Él le había mostrado en algunas ocasiones sus descubrimientos, cosas como una curiosa rueda transparente como el agua, dentro de la cual una flecha indicaba siempre en una dirección que algo tenía que ver con la posición del sol.

El nativo esperaba parado contemplando el infinito, en el patio de la vieja casona que servía de hospital de campaña, intuyendo que todo estaba bien.  Decenas de ojillos curiosos lo observaban.

El hombre afuerino corría por aquellos antiguos pasillos en busca de su amada, intuyendo que algo no estaba bien. Decenas de ojillos curiosos lo observaban.

Fue plegada sobre sí misma tal cual en su vientre se acomodaba su niño.  Con el mentón entre sus pechos, podía oír el acelerado y poderoso latir de su corazón. Una picada de insecto desconocido aguijoneó en el centro de su encorvada espalda y unas manos presurosas introducían finas espinas en sus brazos. Sintió entonces, un fluir de dicha y esperanza que recorría todas sus venas, a la vez que medio cuerpo se desvanecía de su conciencia.  Sus piernas ya no le pertenecían. No tuvo miedo, pues los extraños de piel pálida y rostros cubiertos, a la vez que la ponían nuevamente de espaldas, le dirigían incomprensibles palabras que ella leía en sus ojos; eran de cariño y de esperanza. ¡Un tronco abandonado!, años que no lo veíamos. Se trataba de una situación descrita desde muy antiguo, en que un bebé atravesado dentro del útero, no puede nacer y no se pesquisa a tiempo por razones de ruralidad, con nefastas consecuencias para el feto y la madre. Sin embargo, ahora aunque la situación era crítica, una cesárea los salvaría.

En el habitáculo contiguo todo se preparaba para un parto normal, aunque una caída drástica en los latidos del bebé tensó el ambiente. No había razón para ello.

El bisturí escindió la moreno piel y en unos pocos minutos emergió un varón. Aspiración, reanimación y un llanto. ¡Bravo! ¡Viva! Algarabía, alegría. El hombre del patio sonrió.

Un grito hizo crepitar los viejos maderos del improvisado hospital, un llanto débil y un silencio blanco. Transposición de los grandes vasos, con ausencia del ventrículo derecho, incompatible con la vida, impredecible.  El hombre del pasillo lloró.

El  tótem de la tribu se enfureció; el viejecillo del cuadro se ruborizó.