Cuento: Una raya en el agua

Laura Caballero

MENCIÓN HONROSA

Versión 2017

 

 

Siempre he pensado que los hombres se clasifican en tres grupos: Los machistas acérrimos, que se avivan la cueca mutuamente, los bien integrados, como mi hermano Ramiro, que dan por hecho que las responsabilidades deben ser compartidas y creen que el machismo es algo superado. Un tercer grupo, los rabanitos, porque su color interno es diferente a la cáscara, posa de “progre” porque “ayudan” en la crianza de los hijos, se sienten liberales porque tiene amigos gays, aunque en el fondo se burlan.

Los primeros se distribuyen aleatoriamente en lo político, pero en éste suele haber mayoría de izquierdistas aburguesados a medida que engrosan las rentas y la cintura. Tienen un dejo de nostalgia por las grandes alamedas que nunca vieron abiertas y una época de supuesta gloria que conocen sólo de oídas. Usan barbas y, aunque apoyan a los mapuches, pontifican con Malcom X y aplauden a Evo, penan y mueren por las rubias.

Lo que es yo, estoy orgullosa de mi mezcla étnica. Averigüé que los aborígenes latinos tenemos déficit de una enzima que nos impide procesar el alcohol, lo que explica mi nula capacidad para tolerarlo. ¿Vendrá de ahí el dicho “Duerme más profundo que indio curado…”? En realidad, nunca le puse demasiado empeño a lo del trago, y asumí que para perderme la fiesta por el sueño, no valía la pena beber.

De hecho, Manuel, mi primer pololo del colegio, se extrañaba que no me interesara el alcohol en una edad en que los demás del curso juntaban sus mesadas para hacer un “asado” en que lo único cerca de la parrilla eran cervezas. Era capaz de tomarme medio pisco sour, pero con una copa llena simplemente me dormía.

Era algunos años mayor, y pensé que esa era la causa para no sentir lo que mis amigas con mayor experiencia decían disfrutar con sus pololos. Obviamente cuando se fue la universidad y yo aún seguía en el colegio, nos separó un abismo imposible de cruzar. Después, salí con un compañero de Ramiro y me di cuenta que no se trataba de Manuel o de otro, que sencillamente los hombres no eran lo mío, no me interesaban. Me atraían las mujeres.

A mis viejos se les cayó el mundo cuando supieron, pero terminaron por aceptarlo, dado que en mi caso simplemente venía así de fábrica, como mi pelo irremediablemente liso, mi facilidad para las matemáticas o para inventar soluciones a cualquier tipo de problemas. La familia y el apoyo  incondicional nunca se cuestionaron.

Tuve varios amores eternos que duraron exactamente lo que tenían que durar, hasta que conocí a Milena y supe que estaríamos juntas para siempre. Mi interés desde niña por el arte, fue postergado porque se suponía que si eras brillante con los números, necesariamente deberías ir por el lado de las ingenierías. Por fin encontró un cauce en esa artista plástica absolutamente despelotada pero brillante. Éramos complementarias, yo estructurada y ella creativa, unidas por la necesidad de estar siempre inventando algo, ya fuese una instalación de arte, un tejido free style o un sistema de electricidad sustentable para utilizar en poblados aislados del tercer mundo.

No supe mucho de Manuel todos esos años, excepto qué era sociólogo, vivía en Estados Unidos, hacía clases de estudios de género en la State University of New York y se había casado con una gringa. Todo esto a través de una escultora chilena que Milena conoció en la facultad y que resultó ser su prima.

El mundo es un pañuelo, y Chile más aún. Somos pueblerinos, aunque hablemos de Ñuñork o Sanhattan. Es cosa de empezar a ver en que colegio estudiaste y tarde o temprano terminarás con algún conocido en común. Ella nos puso en contacto cuando mi proyecto ganó el derecho a presentarse en el Congreso Anual de Energías Renovables. Con la beca  alcanzaba para mis pasajes y comer un sándwich de cordero en un carrito en la calle, pero ni remotamente para alojamiento.

Nuestros ahorros iban religiosamente al fondo para financiar una futura fertilización in vitro o los trámites de adopción, lo que resultara primero.

Milena y yo nos alojamos en un airbnb barato cerca del metro la última vez que  peregrinamos de museos; nos quedamos en el departamento de una colombiana sesentona en Harlem, un cuarto piso sin ascensor y con una alarma de incendios que nos impidió hacer un simple huevo frito.

Considerando eso, un sofá en un departamento a tres cuadras del Central Park era simplemente la gloria. Y si era gratis, mejor aún. Obviamente llegué con los regalos de rigor: un par de botellas de buen pisco, varias bolsas de manjar y una colorida tela para enmarcar hecha por Milena de su serie sobre Valparaíso que les encantó a los dueños de casa. Mal que mal, Milena ya había ganado varios premios y compraban sus cuadros como “cheque a fecha”.

Me ofrecí a cuidar sus niños varias tardes, para que Manuel y Anne pudiesen salir, tratando de hacerme la amable. Era lo menos que podía hacer por ellos. Seguramente  fueron mis paseos con esos niñitos de revista de decoración alimentando ardillas en Strawberry Fields, enseñándoles algunas palabras en castellano, porque Manuel nunca les hablaba en su lengua materna, la amenaza inminente de los treinta y cinco que cumpliría en unas semanas o el reciente tratamiento hormonal para inducir ovulación indicado por mi ginecólogo, pero mi reloj biológico sonaba tan fuerte como el traqueteo del metro bajo el Hudson.

Consideramos la posibilidad de adoptar en un futuro razonablemente cercano, porque optar a una fertilización in vitro estaba aún a varios millones de distancia de nuestros ahorros, y nuestros papeles llevaban un par de años durmiendo en el Sename. Nunca había sido muy guaguatera y siendo realista como buena ingeniero, veía lejana la posibilidad de ascender en la lista de adoptantes, pero últimamente se me había hecho dolorosamente necesaria la idea de la maternidad.

Cuando Anne debió viajar de urgencia por una emergencia familiar a California, me sentí aliviada de poder retribuirle sus gentilezas de alguna manera, cuidando a los niños el fin de semana. Manuel estaría con muchos trabajos que revisar y yo sería de gran ayuda. El congreso había finalizado y mi pasaje, esos baratos que no admiten cambio, era para el lunes, el día que volvería Anne.

El sábado, después de andar en bicicleta, hicimos hasta una torta, rellena con el delicioso manjar que resultó toda una novedad para los chicos, y se quedaron dormidos conmigo en el sofá del living mientras veíamos la misma película de Pixar por enésima vez. Los echaría de menos, les dije, y lo sentía.

El domingo se durmieron temprano,  Manuel los dejaría en su colegio en la mañana y yo partiría de vuelta a Santiago con varias escalas en el camino. Manuel insistió en preparar pisco sour y me lo tomé a regañadientes para no parecer pesada, mientras cerraba la maleta en mi pijama de polar, dejando afuera sólo la ropa para el otro día y mi infaltable crochet de bambú para afrontar las largas horas de espera en las combinaciones. A Milena le gustaría la bufanda que estaba tejiendo para ella, pero simplemente alucinaría con las revistas que había comprado en Knitty City a US$ 2 cada una. Eran de años anteriores pero el colorido era simplemente genial.

Lo siguiente que recuerdo es haber despertado desnuda en la cama matrimonial, con dolor en la zona genital y una urgencia por orinar. Mi pijama de polar estaba a los pies de la cama y me lo puse rápidamente.

Cuando intenté exigirle una explicación a Manuel, diciéndole que me había violado, me miró burlón alegando que no era la primera vez que estábamos juntos. No exageres, decía, es una raya en el agua… ¡Las mujeres que le ponen color! ¡Obvio que no era la primera vez! Pero había sucedido años atrás, y con MI consentimiento, cuando éramos pareja…

¡Él sabía que toleraba mal el alcohol! Había traicionado mi confianza. ¿Dónde había quedado la maldita igualdad que pregonaba tanto en la sobremesa y en sus clases?

Cuando se habla de un violador, uno se imagina un desconocido zaparrastroso que te asalta en una esquina hedionda a orina y te pone un cuchillo al cuello para hacer de las suyas. Jamás pensarías en un padre de familia con varios postgrados a cuestas y que suele vestir Armani para las grandes ocasiones.

Jamás pensarías en alguien que quisiste alguna vez, alguien que supuestamente te quiso y con quien en algún momento pensaste en compartir la vida.  Alguien que debería haberte cuidado, protegido, alguien que jamás debería haberse aprovechado de tus debilidades.

Me duché rápidamente, enjabonándome con rabia, como si la esponja pudiese limpiar no sólo mi cuerpo sino mi mente de ese hecho espantoso. Revivía una y otra vez la noche anterior, pensando si había dado a entender equivocadamente que estaba disponible. Pero no. No había nada en mi comportamiento que pudiese haber mal interpretado. Incluso había felicitado a Anne por la hermosa familia que tenía y les había comentado que Milena y yo habíamos sido evaluadas varias veces por los trámites de la adopción. Circulé toda la semana en un buzo desteñido en el departamento, que me ponía apenas llegaba vestida de señorita para no arrugar el único par de trajes formales que usé en las reuniones. Nada provocativo ni en mi vestimenta ni en mis acciones… Me cambiaba de ropa en el baño y cerraba con cerrojo siempre. ¡Yo era inocente!

Me despedí de los niños, que pensaron que mis lágrimas eran por dejarlos a ellos. Tomé mi maleta y lloré kilómetro tras kilómetro en el tren a JFK, sin saber qué hacer. ¿Me creería alguien en esas circunstancias? ¿Me creería acaso la misma Anne? Lo más importante, ¿Me creería Milena? Tejí incansablemente mientras esperaba mi vuelo, seguí tejiendo sin parar entre conexiones e incluso en el vuelo a Santiago hasta que se terminó la lana. Agradecí al cielo que mi crochet de bambú no podía ser considerado un arma ni por las aeromozas más paranoicas y al aterrizar ya llevaba un set de bufandas iguales para ella y para mí. Parecía que mientras pudiera tejer todo estaría bien, que esa secuencia ordenada de cadenetas, varetas y medias varetas tenían una cierta lógica, aunque yo no lo pudiera entender. Entre pensar o tejer, mejor tejer, que obliga a repetir como un mantra hilera tras hilera y deja la mente en blanco como en la mejor meditación.

Milena volvería de su residencia en Florencia en un par de semanas, y no era un tema para hablar por Skype precisamente. Evité al máximo las conversaciones y cuando se me escapaba alguna lagrimita, le echaba la culpa a la nostalgia por estar tan lejos de ella.

No recuerdo bien como le conté lo sucedido, sólo que estacioné el auto en la bencinera a la salida del aeropuerto y lloramos abrazadas hasta quedar con los ojos rojos, la nariz moquillenta y el corazón bastante menos apretado. Hasta el dolor más profundo es menor al compartirlo. Ella me entendió, que era lo único importante para mí… Mal que mal, toda chilena supra 30 lleva una mochila con, a lo menos, un agarrón de trasero o un marrueco abierto a su haber. Y eso si es que ha tenido suerte, si no ha tenido un profesor puntudo o un tío lejano manoseador. Las generaciones de ahora no saben lo que es que tu madre te mire a ti con cara sospechosa cuando decías que el carnicero te miraba las pechugas a los 13 años… Ahora, por lo menos las mujeres nos creemos entre nosotras, porque sabemos que es verdad.

En el control por mi desorden hormonal, a la semana siguiente, no sabíamos que hacer. Estaba embarazada… Había una mancha gris latiendo en la ecografía. Afortunadamente no había un recuerdo traumático de por medio, no recordaba la violencia a no ser por el dolor genital; sólo había pestañado en el sofá y había despertado desnuda en la cama. Era como si en lugar de ir al congreso, me hubiese ido a hacer un in vitro.

El único que sabía la verdad era el menos interesado en que se supiera. El único que podría alegar algo, no tendría cara para hacerlo, y seguiría con su doble estándar. Seguiría viviendo como un burgués en la gran manzana, catando variedades de ostras el fin de semana en Chelsea Market y reivindicando los derechos de las mujeres y los LGBT, de la boca para afuera.

Milena y yo estábamos tan felices como desconcertadas. Algo tan cruel nos había dado la maternidad, nuestro sueño más ansiado. Lo conversamos largamente y luego simplemente le contamos a la familia que seríamos madres gracias a un donante anónimo. El padre biológico de nuestro hijo no tenía ninguna importancia, era sólo una raya en el agua…, una secuencia de ADN que nos permitiría, por fin, abrazar nuestra ansiada maternidad.

Y empezamos, con abuelas y tías y sacando los coloridos modelos de Knitty City a tejer el ajuar para nuestro hijo, preparándonos a anidar.

una mochila con, a lo menos, un agarrón de trasero o un marrueco abierto a su haber. Y eso si es que ha tenido suerte, si no ha tenido un profesor puntudo o un tío lejano manoseador. Las generaciones de ahora no saben lo que es que tu madre te mire a ti con cara sospechosa cuando decías que el carnicero te miraba las pechugas a los 13 años… Ahora, por lo menos las mujeres nos creemos entre nosotras, porque sabemos que es verdad.

En el control por mi desorden hormonal, a la semana siguiente, no sabíamos que hacer. Estaba embarazada… Había una mancha gris latiendo en la ecografía. Afortunadamente no había un recuerdo traumático de por medio, no recordaba la violencia a no ser por el dolor genital; sólo había pestañado en el sofá y había despertado desnuda en la cama. Era como si en lugar de ir al congreso, me hubiese ido a hacer un in vitro.

El único que sabía la verdad era el menos interesado en que se supiera. El único que podría alegar algo, no tendría cara para hacerlo, y seguiría con su doble estándar. Seguiría viviendo como un burgués en la gran manzana, catando variedades de ostras el fin de semana en Chelsea Market y reivindicando los derechos de las mujeres y los LGBT, de la boca para afuera.

Milena y yo estábamos tan felices como desconcertadas. Algo tan cruel nos había dado la maternidad, nuestro sueño más ansiado. Lo conversamos largamente y luego simplemente le contamos a la familia que seríamos madres gracias a un donante anónimo. El padre biológico de nuestro hijo no tenía ninguna importancia, era sólo una raya en el agua…, una secuencia de ADN que nos permitiría, por fin, abrazar nuestra ansiada maternidad.

Y empezamos, con abuelas y tías y sacando los coloridos modelos de Knitty City a tejer el ajuar para nuestro hijo, preparándonos a anidar.