Cuento: Una Visita Inolvidable

Katia Alexandra Velásquez Martínez

3º Lugar

Versión 2017

 

 

Luciana llegó a mi casa sin que yo la saliera a buscar, justo en el instante de mi vida en que sentía el corazón ¡tan hecho añicos!  que era incapaz de compartir con alguien ni siquiera un café sin que me invadiera la desconfianza.

Una seguidilla de señales que no supe reconocer, partiendo por nuestro anillo de compromiso abandonado en el baño, además de pequeños y grandes olvidos incluyendo regalos repetidos, terminaron con ese día fatídico en que Mirka al volver de un entrenamiento me dijo sin llantos, sonrisas ni preámbulos: —Ya no te quiero, ¡eres libre!

Yo soy profesor de matemáticas, algunos dicen que “chapado a la antigua” y hasta entonces, mi única dedicación real había sido estudiar.  El cariño de mis alumnos, el reconocimiento de mis pares y la relación sin sobresaltos con Mirka, me mantenían en una tibia estabilidad. Su partida me dejó como estropajo, algo parecido a una hoja al viento.  El abandono en esos días llenaba todos mis espacios. Nosotros, que habíamos proclamado a viva voz <prometo serte fiel en lo favorable y en lo adverso, en salud y enfermedad…> ahora empezábamos a caminar en rutas diferentes, y yo no podía soportarlo. La pena me rondaba como un animal enfermo que no era capaz de salirse de la puerta de mi casa.

Fue Mirka, ella misma, en un soleado día de invierno, pocos meses después de su partida quien la trajo a casa asumiendo que yo la acogería. Ella se iba de viaje, lejos del pueblo por un mes, y aunque hubiera querido —me señaló— con cierta nostalgia que no podía cuidarla. Luciana y yo en ese momento, parecíamos estar en una sana competencia, ella por su condición calamitosa y yo con mi desesperanza. Sin embargo, al verla  sucia y desvalida no tuve el coraje de cerrarle la puerta. Solo por una semana, creo haber dicho con decisión.

Luciana no tenía voz, cuando intentaba hablar, emitía unos sonidos inentendibles entremezclando de manera inconexa tonos agudos y graves. Su cabello estaba sucio y desgreñado y sus ojos apenas entreabiertos por la hinchazón —de tanto llorar—, supuse. Olía mal y ¡cómo no! Mirka me había dicho que la había encontrado vagando en círculos, en las inmediaciones de un basural.

Primero que nada, siguiendo las enseñanzas de mi abuela le preparé un baño con romero y poleo, le hice una sopa de verduras que ella miró con desconfianza y luego se sirvió solo un par de cucharadas. No había que ser muy hábil para decidir que necesitaba de la atención de un médico.

Volvimos a casa con una carga de medicamentos de diversas clases. El diagnóstico fue de muchas “itis”, incluyendo sinusitis. La cuidé con esmero, aunque las prescripciones médicas las seguí solo por un par de días, luego opté por el reiki y la música clásica. Los primeros días nos instalábamos por horas frente a la chimenea, ella acostada en la alfombra yo haciéndole reiki. Acompañaban nuestras sesiones grandes maestros, ella y yo preferíamos a Mozart, de cuando en cuando nos acompañaba El otoño de Vivaldi.

Una vez recuperada me aboqué a buscar a sus padres. Utilicé todos los medios posibles: la radio local, los periódicos y una solicitud permanente por las redes sociales. Cuando me convencí que estaba huérfana inicié sin dudar los trámites para la adopción legal.

De pronto Luciana era otra. Se transformó en una jovencita, rubia, de ojos verdes almendrados, silenciosa. Tal vez tenía quince años o más.  La inteligencia no era una de sus virtudes. Intenté enseñarle lo básico en matemáticas e idiomas, nada le llamaba mucho la atención, pero le encantaba la música y acompañarme al calor de la chimenea. Sin decir palabra.

Me acostumbré a llegar a la casa y que ella me esperara. Aprendió a preparar algunas comidas sencillas, su mutismo era casi una religión, hablaba con los ojos y tenía una habilidad especial para entender mis estados de ánimo. Si yo estaba triste se acercaba y rozaba su mejilla con la mía, luego se quedaba cerca y me miraba de cuando en cuando. No sonreía, pero al mirarme algo en su rostro parecía dulcificarse.

Solíamos estar los dos solos porque yo notaba que las visitas la ponían nerviosa. Por las tardes me esperaba, y cuando me iba al trabajo, se paraba en la ventana y se quedaba mirándome, no sé cuánto rato.

La primera vez que desapareció, me faltó poco para enloquecer.  Fueron tres días de intensa búsqueda. No es justo, —pensaba yo—, que cuando empiezas a encariñarte, te abandonen.

Lo cierto es que volvió a la casa, como si nada hubiera pasado, y volvió a perderse y a regresar.

Acostumbraba dar largos paseos sola, por los roqueríos. Una vez llegó a un islote donde se accede solo con luna llena, —con marea muy baja—, se fue de roca en roca hasta quedar totalmente aislada cuando subió la marea. Como yo conocía sus rutinas la encontré al reconocer su llanto lastimero. Tuve que recurrir a unos pescadores que la rescataron con un bote pequeño. Cuando logramos regresar a casa me abrazó muy fuerte y acercó su mejilla a la mía y con una voz muy ronca me pidió perdón, dijo que intentaría no volver a irse sin avisarme.

Todo fue bien por varios años. Si me pidieran que describiera nuestra relación yo señalaría ese cuadro de Guayasamín llamado “ternura”, ese abrazo que muestra una niña triste y un hombre o una mujer que la protege y abraza.

Luciana me acompañó hasta que una extraña enfermedad le fue arrebatando la capacidad de caminar primero y luego de comer. Me parece intuir que fue ella y, mucho antes que yo, quien se dio cuenta de que el final estaba cerca. Fue una tarde, y creo recordar exactamente que se me acercó con lentitud, sus ojos eran de dolor, con una mezcla de pena y rabia, pero también de gratitud.  Me abrazó con más fuerza de lo habitual y sollozó.

Entendí que no había vuelta atrás y que se moriría pronto. A los pocos días, al regresar de mi trabajo, la encontré en su cama, parecía dormir, pero ya no se movía y su piel estaba muy fría.

Adquirí el cuadro del abrazo para tenerla conmigo, para seguir recordando mientras viva que hubo alguien que me amó en silencio, que me acompañó cuando estaba herido de muerte por un amor truncado. Fue ella, Luciana, quien me ayudó a olvidar el dolor del abandono, ella con su compañía sin apellidos, con esa mirada que es la más dulce que puedo recordar.