Cuento: Viaje con destino al epitafio de Odilón

José Ariel Pierre Lattus Olmos

MENCIÓN HONROSA

Versión 2017

 

 

 

Estaba nervioso desde hacía varias noches. Mi objetivo de viaje hoy era distinto. Buscaba un epitafio en el desierto y debía recorrer las salitreras para encontrar en algún cementerio de tumbas olvidadas, la verdad de Odilón, un tío que no conocí.

Esta mañana, en muchas casas el despertador suena a las cinco. Una vuelta más en la cama, un estirón de brazos y a la ducha. Un radio taxi está en la puerta.

En el aeropuerto, las caras de siempre. Entre ellos, varios turistas ganosos de conocer San Pedro, los Geiser y yo que pensaba en Odilón.

La tarjeta de embarque dice: vuelo 323 directo a Calama, puerta 22, asiento J-11, embarque a las siete veinte, tiempo prudente como para un café.

Llaman a embarcar. Los preferentes son más que los otros pasajeros. Todos ejecutivos, de viajes reiterados. Los primeros asientos son para ellos.

Me acomodo, sorprendido de  ver desocupados los asientos vecinos. El avión está repleto.

En mi mente replican los recuerdos del ayer trasmitidos por mis padres, yo diría que sueño.

Inicio mi vuelo hacia los limbos. Al encontrarme con las nubes del norte, distintas por ser escasas, porque no llueven ni mojan y porque poco tapan el sol, mi pensamiento vuela y empiezo a recordar.

Miro a mi lado, en el K-11 se sienta Odilón, al otro lado en el C-11, la Custodia. Sin pasajes, sin carné, no llevan ni equipaje. Ambos sonríen, cruzan una tierna mirada que pasa por el J-11, donde estoy yo. La Custodia guiña un ojo a su hermano Odilón, quien sostiene un tete antiguo en su mano con el que hace un saludo. El seguía teniendo tres años y habían transcurrido casi cien. Ignoraban al resto de los pasajeros.

En la libreta antigua de mi abuela, que lleva la Custodia, en una de sus arrugadas páginas alcanzo a leer:

“un cinquito de mantequilla, una chaucha de pan, tres centavos de té, uno de azúcar y la yapa para Odilón”. Ella iba de compras a la pulpería.

Sigo recordando. Escucho una vocecita que dice con ternura, una tetita no más mamita, una no más. Es Odilón dirigiéndose a mi abuela, tratando de subirse a un piso para adueñarse de esa tierna y natural mamadera que había perdido desde que nació su sobrino Arquímedes.

Era 1920, las salitreras acogían a mis abuelos. Tenían once hijos. Custodia, la mayor y mamá de Arquímedes, había muerto de peritonitis cuando él tenía tres meses. Odilón era el menor y a raíz de la desgracia, empezó a criarse junto con Arquímedes, su sobrino huérfano, recién nacido. Mi abuela daba de mamar a ambos.

Con el transcurrir del tiempo, Arquímedes enfermó de tos convulsiva, pero él era fuerte y resistente a diferencia de Odilón que siempre fue enfermizo y debilucho.

Por mamar de la misma fuente, Odilón se contagió gravemente. Tos, altas temperaturas,  pulmonía, desenlace fatal. Odilón se fue, heredando su lugar al sobrino Arquímedes.

El suave golpe del aterrizaje me despierta. Llegamos a Calama y no supe del viaje.

Veo como el sol hoy amaneció más temprano para mí, algunos gorriones y chercanes vuelan entre los pimientos y chañares, nadie mira sus piruetas.

Una camioneta espera y a devorar kilómetros. Calaminas, camanchaca, frío y calor. El tiempo corre, avanzamos poco. Sierra Gorda, Tesoro, Spence, Cerro Dominador, Ada 1, Aconcagua, Pampa Unión.

En el trayecto veo remolinos de arena que danzan con el viento  moviendo latas, papeles y ramas secas. Parecen verdaderas serpientes tratando de alcanzar el sol. Girando como trompos se alzan y recorren jugueteando de uno a otro lado la carretera, para luego terminar por desaparecer disolviéndose  en el horizonte, como se disuelven los momentos mágicos.

Chacabuco, Baquedano, María Elena, Pedro de Valdivia, Coya Sur, tortas de relaves gigantes, campamentos abandonados, cementerios, en el fondo, historia, pero escrita con la geografía de la pampa. Veo multitudes de cerros a la espera del pirquinero que descubra sus vetas, ellos guardan celosamente en su silencio otro poco de historia.

Admiración me causa ver como todo lo que ha ocultado el desierto por siglos, los vientos lo despejan una y otra vez, hasta que el hombre descubre y levanta donde la nada, enormes industrias.

Repentinamente una cruz de madera ultra seca por el sol, rompe la rutina. Es el cementerio de una de las tantas salitreras olvidadas, “Rica Aventura”.

Es aquí donde, al pie de una corona amarillenta de flores de papel, una losa me relata el epitafio tácito que buscaba:

“a mi tío Odilón, al que sin querer desplacé de su madre, después que el destino quitó la mía”. Arquímedes, 31 de Octubre de 1946.

Una flor desteñida por los tiempos, en un tarro viejo y  oxidado, vela la eterna soledad de Odilón. Embelesada, lacia y melancólica, empolvada de caliche y de recuerdos, acompaña quizás desde cuándo, todo lo que se quedó en el ayer, incluso el olvido de la Custodia.

Una mano toca mi hombro, giro, ¡son ellos! Quieto en un respetuoso silencio, siento que Odilón y la Custodia me brindan su última sonrisa. Se guiñan un ojo, hacen un gesto de agradecimiento y se van.

Un rayo de sol refleja sus destellos iluminando un sector preciso del cementerio. Me dirijo allí y encuentro un tete antiguo al lado de una tumba y un trozo de papel arrugado y envejecido, sujeto a una lápida de  mármol. Tomo el tete y les hago un saludo de despedida y en el papel  alcanzo a leer:

“un cinquito de mant…, una chau.…, .… avos de té, .… zúcar”, y lo más claro,  “la yapa para Odilón”.

Sonrío y respiro un suspiro de gran satisfacción. Verdaderos pedacitos de mi pensamiento se alborotan por salir y quieren contar lo que pasa por mi mente. Retorno emocionado, satisfecho y feliz. Quiero alcanzar el avión de las 18:30.